La puerta se cerró de golpe detrás de Margaret, retumbando como un trueno en la habitación. Su pecho subía y bajaba con violencia. Las manos le temblaban, y los ojos, cargados de furia, brillaban con una mezcla de despecho y humillación. Caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada, su vestido aún reluciente contrastando con el caos emocional que le devoraba por dentro.
—¡No puede ser! —murmuraba una y otra vez, apenas consciente de que hablaba en voz alta—. ¡Alejandro no puede hacerme e