Adrien y Camila seguían compartiendo su noche mágica, esa noche que parecía suspendida en el tiempo, donde el dolor quedaba atrás y solo existía el latido acompasado de dos almas que empezaban a encontrarse. La brisa fresca de la noche acariciaba sus rostros, llevando consigo el aroma de las flores que decoraban el jardín del restaurante privado donde Adrien la había llevado.
Ambos terminaron de comer, intercambiando sonrisas y miradas cómplices que hablaban más que mil palabras. Adrien dejó su