La tarde caía lenta sobre la ciudad, y con ella, un velo de melancolía parecía cubrir cada rincón del mundo de Alejandro Ferrer. El auto negro se detuvo frente a la entrada principal de la mansión Ferrer. Las puertas se abrieron con un leve chirrido, y Alejandro descendió en silencio, con el rostro sombrío y la mirada perdida en algún punto del horizonte.
Carlos Ferrer observó a su hijo con el corazón apretado. A su lado, Oscar caminaba con paso lento, intercambiando miradas de pesar con su her