Alejandro bajó la mano que sostenía el teléfono, con el rostro completamente desencajado y la respiración agitada. El magnetismo y la tensión de haber descubierto que Miranda era la mujer del club se esfumaron en un segundo, reemplazados por una pesadez trágica. Miranda, que no le había quitado los ojos de encima, dio un paso al frente al notar su alteración.
—¿Señor Villarreal? ¿Qué ocurre? —preguntó ella, con el corazón en un hilo.
—Gala... —alcanzó a decir Alejandro, con la voz ahogada