Capítulo 31
El sonido del reloj de pared parecía multiplicarse en el silencio sepulcral de la oficina. Miranda sentía el calor del cuerpo de Alejandro a escasos centímetros del suyo, una barrera invisible pero asfixiante que la mantenía prisionera contra el borde del escritorio de caoba. Su mente trabajaba a mil por hora, buscando desesperadamente una mentira, una excusa, cualquier cosa que pudiera devolverle el escudo que acababa de perder.
—Señor Villarreal... yo... usted está confundido