La mansión de la familia Villarreal se alzaba en una de las zonas más exclusivas y arboladas de la ciudad. Era una propiedad imponente, rodeada por altos muros de piedra y protegida por un estricto cuerpo de seguridad. Cuando el taxi dejó a Miranda frente a las colosales rejas de hierro, un escalofrío de anticipación le recorrió los brazos.
Caminó por el sendero pavimentado, sosteniendo la carpeta beige firmemente contra su pecho como si fuera un escudo. Al cruzar la puerta principal, el lujo silencioso del interior la abrumó: pisos de mármol blanco, obras de arte abstracto en las paredes y grandes ventanales. Sin embargo, no había calidez en ese hogar. El aire se sentía extrañamente denso, impregnado de un persistente y sutil olor a antisépticos y medicamentos que delataba la tragedia que se vivía entre aquellas paredes.
Una enfermera de uniforme pulcro la recibió en el vestíbulo.
—Buenas tardes. Soy Miranda Soler, la asistente del señor Villarreal. Traigo los documentos de la fundación que solicitó la señora Gala —explicó con voz suave.
—Ah, sí, la oficina nos avisó —respondió la enfermera, suavizando el rostro—. El señor Alejandro llamó para decir que se retrasaría un poco en el hospital. La señora Gala está en el jardín trasero tomando un poco de sol; los médicos insisten en que el aire fresco le hace bien. Acompáñeme, por favor, se pondrá feliz de recibir los papeles.
Miranda siguió a la mujer a través de los pasillos hasta salir a un inmenso jardín de césped perfectamente podado, lleno de rosales blancos y arbustos frondosos. En el centro del jardín, bajo la sombra de un gran sauce, se encontraba una mujer recostada en una elegante silla de descanso de mimbre, abrigada con una manta de lana fina a pesar de la calidez de la tarde.
Al acercarse, Miranda sintió que el corazón se le estrujaba.
Gala Villarreal era una mujer joven, de una estructura ósea fina y aristocrática. Su belleza, aunque innegable, estaba apagada por los estragos de la enfermedad: su piel lucía una palidez traslúcida, llevaba la cabeza cubierta por un elegante turbante de seda verde que ocultaba la pérdida de su cabello, y sus manos se veían delgadas y frágiles. Sin embargo, cuando escuchó los pasos y giró la cabeza, sus ojos almendrados brillaron con una luz limpia y amable.
—Señora Gala, ella es Miranda, la asistente de su esposo. Trae los documentos —anunció la enfermera antes de retirarse discretamente.
—Buenas tardes, señora Villarreal —saludó Miranda, dando un paso al frente con timidez.
—Buenas tardes, Miranda. Por favor, dime Gala. El "señora" me hace sentir mucho mayor de lo que soy —respondió ella con una voz suave, pero extrañamente melodiosa. Extendió una mano delgada y Miranda la estrechó con cuidado, temiendo lastimarla—. Qué alegría que Alejandro haya enviado a alguien tan joven y con una energía tan bonita. Siéntate, por favor.
Miranda se acomodó en una silla de jardín contigua, entregándole la carpeta.
—El señor Villarreal tuvo que pasar por el hospital a recoger unos encargos especiales, pero me pidió expresamente que le trajera esto sin perder tiempo.
—Alejandro siempre tan meticuloso... y tan preocupado —suspiró Gala, dejando la carpeta sobre sus piernas, sin abrirla. Miró fijamente a Miranda, deteniéndose en sus impactantes ojos azules—. Tienes una mirada muy profunda, Miranda. Se nota que eres una mujer que ha caminado por terrenos difíciles. No tienes esa expresión vacía de la gente que suele rodearnos.
El cumplido desarmó por completo a Miranda. Sintió una punzada de culpa en el estómago, un recordatorio doloroso del secreto que guardaba en su pecho. Aquella mujer era la esposa del hombre de la suite 404, pero no había rastro de malicia en ella. Era pura bondad y vulnerabilidad.
—Soy madre soltera, Gala —confesó Miranda por puro instinto, buscando un terreno común honesto—. Mi hijo, Thiago, estuvo muy enfermo hace unas semanas. Sé lo que es sentir que el cuerpo flaquea y el miedo de no saber qué pasará mañana.
Gala abrió los ojos de par en par, y una sonrisa genuina iluminó su rostro demacrado.
—¿Tienes un hijo? Oh, qué bendición tan grande... —los ojos de Gala se humedecieron levemente, revelando un dolor guardado—. Alejandro y yo siempre quisimos tener hijos. Soñábamos con llenar esta casa de risas y juguetes corriendopor los pasillos. Pero mi cuerpo... mi cuerpo decidió otra cosa antes de que pudiéramos lograrlo. La enfermedad llegó como un ladrón.
La empatía entre ambas mujeres floreció en ese instante de forma natural e inevitable. Miranda, que había perdido a su madre diez años atrás y conocía el vacío de la ausencia, sintió un instinto natural de protección hacia Gala. Por su parte, Gala, sumida en el aislamiento de su tratamiento y el frío matrimonio de compasión que mantenía con Alejandro, encontró en la frescura y la sinceridad de Miranda un bálsamo que no había sentido en meses.
Olvidando por completo los documentos y la formalidad de la oficina, pasaron la siguiente hora platicando. Miranda le habló de las ocurrencias de Thiago y de cómo Candy la ayudaba, mientras Gala reía con una vitalidad que sorprendió a la propia enfermera, que las observaba desde la distancia. Una conexión profunda, una amistad entrañable y trágica, acababa de nacer en medio del jardín de rosales blancos.
Miranda estaba tan sumergida en la conversación que no escuchó los pasos firmes que se aproximaban desde la mansión. Solo cuando la sombra imponente de Alejandro Villarreal se proyectó sobre el césped, interrumpiendo la luz del atardecer, Miranda levantó la vista.
Alejandro se había detenido a unos metros de ellas. Traía el saco del traje en la mano y la corbata sutilmente floja. Su mirada oscura iba de Gala, que sonreía como no lo hacía en años, a Miranda, cuyos ojos azules brillaban bajo el sol poniente. El impacto de ver a su asistente —la mujer que obsesionaba sus noches— compartiendo una risa íntima con su esposa moribunda, lo congeló por completo en su sitio, dándose cuenta de que los hilos del destino acababan de enredarse de una forma terriblemente peligrosa.