La mansión de la familia Villarreal se alzaba en una de las zonas más exclusivas y arboladas de la ciudad. Era una propiedad imponente, rodeada por altos muros de piedra y protegida por un estricto cuerpo de seguridad. Cuando el taxi dejó a Miranda frente a las colosales rejas de hierro, un escalofrío de anticipación le recorrió los brazos.
Caminó por el sendero pavimentado, sosteniendo la carpeta beige firmemente contra su pecho como si fuera un escudo. Al cruzar la puerta principal, el lujo