Capítulo 8: No Se Que Hacer.
Miranda se tomó tres respiraciones profundas antes de ponerse de pie. Acomodó los informes de licitación dentro de una carpeta de cuero negro y caminó hacia la imponente puerta de nogal del despacho presidencial. Sus tacones resonaban sobre el mármol como una cuenta regresiva. Golpeó dos veces con los nudillos, conteniendo el aliento.
—Adelante —retumbó la voz barítona de Alejandro desde el interior.
Miranda empujó la puerta y entró. El despacho era inmenso, decorado con un gusto exquisito y minimalista: estantes repletos de literatura financiera, grandes sillones de piel y un ventanal que dominaba toda la ciudad. Alejandro estaba sentado detrás de su escritorio, con la chaqueta del traje colgada en el perchero y las mangas de su camisa blanca sutilmente arremangadas hasta los antebrazos, revelando unos brazos fuertes y firmes.
Al verla entrar, él dejó los anteojos de lectura sobre el escritorio. Su mirada oscura volvió a clavarse en ella con una fijeza casi intimidante.
—Los informes que me pidió, señor Villarreal —dijo Miranda, avanzando con paso firme.
Se detuvo frente al escritorio y extendió la carpeta. Alejandro la tomó, pero no miró los documentos; la miró a ella. Al hacerlo, sus dedos rozaron los de Miranda por una fracción de segundo. Fue un contacto mínimo, pero una chispa de calor ardiente saltó entre ambos. Miranda retiró la mano instintivamente, un milisegundo más rápido de lo que dictaba la etiqueta profesional.
Alejandro entornó los ojos, notando la sutil reacción. El aroma de Miranda, una mezcla suave de vainilla y jabón neutro, inundó el espacio. No era el perfume costoso y embriagador que llevaba la mujer de la suite 404, pero había algo en la cadencia de su respiración que le resultaba exasperantemente familiar.
—¿Está nerviosa, señorita Soler? —preguntó Alejandro, recostándose en su silla de piel, evaluándola con una sonrisa lánguida y peligrosa.
—Para nada, señor. Solo quiero asegurarme de que todo esté en perfecto orden —respondió ella, forzando una neutralidad absoluta.
—Me parece bien. Odio la incompetencia —dijo él, abriendo la carpeta—. Revise la agenda de la tarde. Necesito que cancele la comida con los inversores extranjeros. Mi... mi situación familiar requiere que esté libre después de las cuatro de la tarde.
Miranda captó el leve titubeo en la voz del implacable magnate. Detrás de esa armadura de soberbia, había una grieta. Sabía por el informe de Laura que la esposa de Alejandro estaba muy enferma, y por un momento, la empatía de Miranda como madre y ser humano suavizó la rigidez de su postura.
—Entendido, señor Villarreal. Me encargaré de reagendar la cita de inmediato. ¿Necesita algo más?
Alejandro la observó un segundo más, frustrado consigo mismo por no poder encontrar una sola falla en sus modales que justificara su sospecha.
—Eso es todo. Puede retirarse.
El día transcurrió en un torbellino de llamadas, correos y reportes. Miranda demostró una eficiencia impecable, ganándose el respeto de Laura y el silencio aprobatorio de Alejandro. Sin embargo, a las tres y media de la tarde, el ritmo de la oficina se rompió. El teléfono de la línea privada de Alejandro sonó, y Miranda contestó.
—¿Presidencia? Habla la enfermera contratada en la mansión Villarreal —dijo una voz preocupada al otro lado—. Necesito comunicarme con el señor Alejandro con urgencia. La señora Gala insiste en revisar unos documentos de la fundación benéfica, pero ha tenido una recaída leve y no debe alterarse. El señor Villarreal prometió traerlos hoy.
—Un momento, por favor —respondió Miranda.
De inmediato, Miranda entró al despacho sin tocar, empujada por la urgencia. Alejandro levantó la vista, molesto por la interrupción, pero al ver la expresión de su asistente, su rostro se tensó.
—¿Qué ocurre?
—Su enfermera está en la línea, señor. Dice que la señora Gala lo necesita y que pregunta por los documentos de la fundación.
Alejandro se puso de pie de un salto, tomando su saco. La preocupación genuina en sus ojos oscuros confirmó lo que Miranda ya intuía: el hombre sentía un peso enorme sobre sus hombros. Alejandro buscó entre sus cajones y sacó una carpeta sellada de color beige.
—Tengo que salir de inmediato al hospital a recoger unos medicamentos especiales antes de ir a la mansión —dijo Alejandro, con la respiración un tanto acelerada por el estrés—. Señorita Soler, no puedo perder tiempo regresando a la oficina por esto. Tome estos documentos. Necesito que los lleve personalmente a mi residencia ahora mismo. La dirección está en el sistema. Entrégueselos a la enfermera o a mi esposa si está despierta.
Miranda miró la carpeta. Ir a su casa significaba entrar a su intimidad, ver el lugar donde vivía el hombre que la había poseído en las sombras. El estómago se le apretó de los nervios, pero no tenía opción; era una orden directa de su jefe.
—Entendido, señor Villarreal. Me voy de inmediato.
—Gracias, Miranda —dijo él, usando su nombre de pila por primera vez. Su voz barítona sonó extrañamente vulnerable.
Miranda tomó la carpeta y salió de la oficina con el corazón desbocado. Sabía que estaba cruzando una línea invisible muy peligrosa. Iba camino a la mansión del hombre de la rosa y la espada, lista para conocer a la mujer legítima de su amante nocturno, sin sospechar que ese viaje cambiaría el rumbo de su destino para siempre.