Mundo de ficçãoIniciar sessãoMarcello
Haber dejado salir a mi hijo hasta que su rabieta pasara era algo que mis hombres no podían comprender, pero ninguno se atrevió a cuestionar mis decisiones. Desde que mi hijo nació, el único que decidía por él era yo, y nadie más. Así seguiría siendo hasta que cumpliera la mayoría de edad y pudiera valerse por sí mismo. Mientras tanto, Alain me pertenecía, y yo decidiría cuándo soltar o apretar las cadenas que lo ataban a mí.
Seguí desayunando con calma en mi habitación, sabiendo que Mario lo seguía y que lo traería al hotel en cuanto se tranquilizara. Me esperaban muchos reclamos infantiles, a los que atendería con unas palmaditas en el hombro.
—Mi pequeño Zafiro, algún día me comprenderás —dije al terminar.
Me acerqué a la ventana después de revisar el reloj. Todavía quedaba tiempo para el mediodía, pero comenzaba a preocuparme por su regreso. Puerto Esperanza, aunque pintoresco y poco contaminado, no tenía nada de especial. Era un pueblo simple, donde sus habitantes parecían felices de vivir lejos de la ciudad y de sus altos índices de criminalidad. Que le sucediera algo a mi hijo en Puerto Esperanza era casi imposible, pero aún así me encontraba inquieto. Habría preferido acompañarlo, pero él no me lo permitió. Aunque fuera un niño, respetaba su necesidad de procesar sus experiencias.
—Tienes que volver, Alain —mascullé, irritado, mientras revisaba mi reloj otra vez.
La reunión no sería hasta el día siguiente, pero los Gauthier ya habían llegado. Si alguno de ellos lo veía merodeando y lo reconocía, no dudarían en aprovechar la oportunidad para recorrer el puerto.
Me alejé de la ventana y tomé el libro que había traído de la mesa de noche. Decidí esperarlo en la recepción.
—Señor, ¿puedo ofrecerle algo? —me preguntó el gerente del hotel.
La recepción estaba tranquila, sin gente deambulando por ella, y un agradable viento corría. Quedarme aquí no sería tan desagradable, después de todo.
—No, no se me ofrece nada —le respondí—. Esperaré aquí.
—Por supuesto, señor. Si necesita algo, dígame.
—Gracias.
Sin hacer más caso a su adulación, fui a la sala de recepción. Los sillones, de cuero sintético y desgastados, me parecieron patéticos considerando el precio del servicio. Pasé la mano por aquel cuero, con algunos agujeros tan pequeños que no se notaban a simple vista, pero que me desesperaban y me impedían leer el libro.
—Estúpido sillón —susurré.
Todo en este puerto me exasperaba, y era incapaz de encontrar la belleza que tanto pregonaban, salvo en el mar. Anhelaba que el viaje terminara pronto y volver a la comodidad de mi casa, a mis obligaciones de siempre. Cualquier cosa era mejor que estar allí.
—Maldita sea, Alain —mascullé, frotando el cuero con más ímpetu.
No me quedaba más remedio que admitir que estaba preocupado por mi hijo. Si bien no cambiaría mis planes por sus rabietas, su negativa a hablarme me afectaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Se parece tanto a ella. No puedo ser tan duro con él, pensé.
Noté movimientos en la entrada del hotel por el rabillo del ojo. Me levanté de inmediato y me acerqué a mi hijo, que venía junto a Mario.
—¿Ya te sientes mejor? —le pregunté a Alain, mientras intentaba acariciar su cabeza.
Se apartó con un movimiento brusco. No estaba mejor; incluso podría decir que parecía más enojado.
—¿Pasó algo?
—Sigue molesto, señor —me dijo Mario—. Pero no se preocupe, todo estará...
—No fue a ti a quien se lo pregunté —lo interrumpí y volví mi atención hacia mi hijo—. Dime, ¿qué te pasa?
Al no obtener respuesta de Alain, lo tomé con firmeza por el mentón y lo obligué a mirarme.
—Voy a bañarme —dijo—. Quiero que me sueltes, papá.
—Está bien, ve a bañarte, pero me lo dirás. No puedes ocultarme nada, ¿entiendes? Ocultarme cosas es traicionarme.
—Entonces tú me traicionaste —replicó, mirándome con todo el odio del que era capaz.
No lo detuve, a pesar de sentirme completamente desconcertado.
—¿Qué fue lo que pasó? —pregunté, agarrando del cuello de la camisa a Mario, quien intentaba mantenerse sereno.
Pero no era así. Él me temía como todos, y lo demostraba con el sudor que le corría por la frente, donde comenzaban a marcarse finas arrugas.
—Este es un tema que preferiría que tratara con su hijo, señor —respondió—. No me corresponde a mí.
—¡Claro que te corresponde! —le grité—. ¿Acaso no lo estabas cuidando?
—Por supuesto que sí, pero…
—Dime de una buena vez, no tengo todo el día.
—Encontró a alguien y ahora cree que usted se lo ocultó.
—¿A quién?
—Sinceramente, no lo sé. No pude ver bien el rostro de esa persona.
—¿Dejaste que alguien hablara con él? —le recriminé, apretando su camisa con más fuerza.
Su cuerpo comenzó a elevarse del suelo, pero no lo solté. Mario apretó los dientes, y las venas se le marcaron en el cuello y las sienes.
—Fue una mujer. Su hijo es quien debe hablarlo con usted.
Lo solté. Al sentir el suelo bajo sus pies, Mario retrocedió tosiendo.
—Señores, ¿todo está en orden? —preguntó el gerente, manteniendo una distancia prudente.
Tenía muchas ganas de apuntarlo, pero me contuve. Usar mi revólver estaba terminantemente prohibido.
Maldecía y me cagaba en todas esas reglas.
—No, no está pasando nada —le contestó Mario—. Fue solo un malentendido.
El gerente retrocedió cuando me volví hacia él.
—Todo está en orden —le aseguré, pero de igual manera palideció.
No le di más importancia a aquella situación y fui a buscar a mi hijo, que ya se estaba duchando en el baño de la habitación.
—Cuando salgas de ahí, tenemos que hablar —le advertí.
No contestó.
Frustrado y con deseos fervientes de golpear a la primera persona que se me cruzara, me dirigí a uno de los sillones que daban a la ventana. Allí esperé los diez minutos que tardó mi hijo en ducharse y vestirse.
—¿Me lo vas a decir o tendré que obligarte a hablar?
Alain apretó sus pequeños puños, temblando. Me levanté, preocupado de que algo malo le estuviera ocurriendo, pero él alzó ambos brazos para indicarme que me alejara. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, lo cual era muy extraño.
Alain no solía llorar.
—¡No, no me toques! —gritó—. Me mentiste.
—¿En qué te he mentido? —inquirí, intentando no sonar alterado a pesar de estarlo. Nunca me había gustado que Alain se enfadara conmigo, porque eso era igual a decepcionar a su madre—. ¿Se puede saber qué pasó afuera?
—No, no te lo diré. No te lo diré porque le harás daño. Siempre le haces daño a todos.
—Hijo…
—Quiero vivir aquí, quiero vivir aquí —sollozó, intentando limpiarse las lágrimas en vano.
—¿Por qué no puedes decirme qué te pasa? ¡Dímelo de una vez!
—¡Me dijiste que mamá murió y eso es mentira! —bramó—. Me mentiste, me mentiste.
De inmediato, me puse de rodillas frente a él y lo zarandeé de los hombros.
—Dime dónde la viste —le exigí—. ¿No te lo estás inventando solo porque no quieres ese acuerdo? ¿Es eso, Alain? ¡Responde!
Él apretó los labios y ladeó la cabeza. Por primera vez en mi vida, sentí un inmenso deseo de golpearlo y obligarlo a hablar. Sin embargo, me detuve a tiempo y me alejé. No podía levantarle la mano.
—Es una mentira, ¿cierto? Tu madre está muerta, jamás te he mentido.
—Prometo portarme bien, papá —musitó—. No le hagas daño.
—¿Por qué no me hablas claro? Sabes hablar, puedes entenderme, pero yo no te entiendo.
—A mamá. No quiero que le hagas daño a mamá.
Esas palabras me hicieron retroceder y negar con la cabeza. Deseaba con todas mis fuerzas que fuera verdad, que mi hijo no estuviera equivocado, pero sabía que era imposible. Mi Zafiro estaba muerta; por eso, era solo la madre de mi hijo, no mi esposa.
—¿Viste a alguien que se pareciera a ella?
—Era mi madre.
La firmeza de su voz me hizo verlo como un adulto en un pequeño cuerpo de siete años. Él estaba seguro de lo que decía; realmente creía haberla visto.
—Entiendo, Alain.
—No me crees, ¿verdad? Crees que es mi imaginación —dijo indignado.
—No sé qué pensar, pero sí sé que no saldrás de aquí hasta mañana.
—¿Me vas a castigar?
—No, no estás castigado, simplemente no saldrás porque es una orden.
—No me importa.
Alain se lanzó sobre la cama. Sus hombros se agitaban suavemente, pero no emitía ningún sonido.
No fui capaz de decir nada para consolarlo, aunque tampoco le exigí que dejara de llorar. En el fondo, sabía que debía ser más duro con él, que no bastaba con solo entrenarlo, sino forjar su carácter, pero seguía siendo parte de ella.
Ya se le pasará, pensé. Alain comprendería pronto que su madre ya no estaba en este mundo y que, producto de sus nervios, había alucinado con ella. En parte, le tenía envidia; me habría gustado tener aquella visión y poder contemplarla, tocarla, respirar su mismo aire.
Adorar a una persona muerta era una locura, una a la que estaba condenado desde el día en que llegué a este mundo. Ninguna mujer que pasara por mi cama podía cambiar el hecho de que ella era la única que habitaba en mí.
Por ese motivo, me resultaba imposible levantarle la mano a Alain, lo único que nos unía a pesar de la muerte.
—Todo esto acabará pronto, hijo —le prometí, aunque no supiera exactamente qué iba a hacer—. Durante muchos años no tendrás que preocuparte por ello.
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A pesar de mis amenazas, Mario no me dio ninguna información útil. No pudo relacionar a la mujer de la playa con la de la foto, ni siquiera le había prestado atención. Por desgracia, sabía que eso era posible. Guardaba aquella foto celosamente desde que me la entregaron. Además, él no tenía nada que ver con las candidatas que me ofrecieron. Los encargados de asesinarlas habían sido los técnicos de mi laboratorio.
—Voy a salir —le informé a mi consejero al salir de la habitación—. Alain ya se durmió, así que no debería dar problemas.
—Señor, ¿se va a arriesgar a salir? Los Gauthier están aquí y…
—Ellos me tienen sin cuidado —lo corté—. No tardaré, solo necesito dar un paseo. Sabes que necesito estar solo todas las noches.
—Sí, pero en la capital es donde usted está seguro. En Puerto Esperanza…
—Es un punto limpio, ¿por qué correría peligro?
—Bien, adelante.
—Necesitaré que busques a esa mujer —le ordené—. Si mi hijo se confundió, seguramente es porque esa mujer se le parece.
—Tal vez —asintió—. Pero pudo haberse confundido; hace tanto que no le muestra la fotografía, al menos que yo lo sepa.
—Él la ve todos los días. Es imposible que esa mujer no se parezca, a menos que…
Mario frunció el ceño cuando me acerqué a él.
—¿No es posible que te hayan mentido?
—¿Quiere la verdad? Tal vez, pero recuerde que yo no tuve contacto con esas mujeres.
—Entonces, puede existir la posibilidad.
La simple idea me provocó una fuerte presión en la cabeza y el pecho. Mario intentó acercarse para sostenerme, pero retrocedí con un ademán de negación.
—Tengo que salir ahora —reiteré—. No dejes que nadie se acerque a esta habitación, ¿entiendes?
—Sí, señor. Me aseguraré de cuidar de su hijo como si fuera el mío.
—Solo es mío —siseé—. Eso no se te puede olvidar.
— No, no lo olvido. Simplemente quiero decir que lo cuidaré como si…
—Cuídalo como cuidarías tu propia cabeza. Si algo le pasa, la perderás antes de que puedas siquiera pensar en escapar.
—Sí.
No malgasté más tiempo en seguir hablando y me marché a toda prisa. Al llegar a la recepción del hotel, aminoré el paso. Una brisa agradable entraba por las ventanas y la puerta que conducían a la zona de la piscina. A la luz del día, Puerto Esperanza tenía un mar color zafiro, uno que valía la pena contemplar. Por las noches, también era digno de ser observado, especialmente durante la luna llena.
Salí por la puerta trasera del hotel. La zona ya no estaba concurrida por huéspedes, ya que la piscina tenía horarios de apertura y cierre. Además, el turismo en esta temporada era escaso. Los reportes anuales que recibía confirmaban que Puerto Esperanza había perdido su competitividad como destino turístico. Las personas de la capital y otras provincias preferían otros lugares más modernos y completos para pasar sus vacaciones.
Por eso, Puerto Esperanza era mi elección. No quería que molestos turistas pusieran en peligro mis negociaciones más importantes. Los Gauthier buscarían pretextos, los conocía muy bien, y al traerlos aquí, no les dejaba otra salida que reunirse conmigo.
—Lo siento, Alain, no nos queda otra opción —susurré mientras bajaba las escaleras de piedra que daban a la playa.
Sin rumbo fijo, comencé mi camino por aquella solitaria playa. La marea estaba viva, producto de la alineación del sol, la luna y la tierra. Desde que tenía la edad de Alain, el cielo siempre me había llamado la atención, así como los efectos que el sol y la luna tenían sobre la imperfecta tierra. Era así como veía a mi hijo y a esa mujer que estaba tan lejos de nosotros: como ese sol que nunca podríamos alcanzar, al menos no mientras viviéramos.
Me detuve un momento frente al mar y cerré los ojos. Solo en un punto limpio me atrevería a hacer algo así.
La sentía. Mi Zafiro estaba más cerca que nunca. ¿Por qué? ¿Qué conexión tenía este lugar con ella? ¿Acaso Alain decía la verdad y ella seguía viva?
—No, no puede ser —negué con la cabeza—. Es imposible, yo lo habría sabido.
Lo cierto es que no. Por aquel entonces, yo solo era el jefe interino. Mi padre, que se encontraba gravemente enfermo, me exigía un matrimonio y un heredero para poder dejarme al mando tras su fallecimiento. Nadie me debía explicaciones a mí, sino a él.
—Lo sabré, iré a buscarla.
Continué mi camino sin un destino en mente. Sin embargo, me dirigí hacia el bar playero que se divisaba a más de doscientos metros. Beber algo me ayudaría a despejar la mente y a olvidarme, aunque fuera por un momento, de las cargas y deberes que pesaban sobre mí.
Me sentía estúpido por desear poder tomar a Alain y escapar de todo esto, pero en momentos como este, necesitaba fantasear con ello.
Aceleré el paso hacia aquel bar y subí las escaleras. El lugar estaba prácticamente vacío, salvo por una mesera y cuatro muchachos que, al parecer, eran capitalinos y que dejaron de reír al verme llegar.
Un silencio prolongado se apoderó del bar cuando entré. La mesera, una joven de cabello oscuro y ojos de un gris apagado, no me llamó especialmente la atención, aunque fuera atractiva. Las mujeres de cuerpo demasiado delgado no calificaban como candidatas para formar parte de mi harén, y además, no podía llevarme a ninguna mujer nacida en Puerto Esperanza.
—Quiero una mesa —le dije.
—Sí, hay… de dónde elegir —me respondió, sonrojada.
—Ya veo.
Al acercarme a las mesas del fondo y pasar por la de aquel cuarteto de jóvenes, estos palidecieron. Al instante los reconocí: dos eran hijos del gobernador Vannucci, y los otros dos, mellizos, hijos del juez Soracco, quien me debía cinco veces su vida y su puesto.
Me senté en una mesa en la esquina, dispuesto a ignorar sus gritos, que no llegaron. Hablaban en voz baja y hacían todo lo posible por ignorarme.
Pronto me aburrí y volví mi atención al mar. La marea se agitó aún más, pero no era nada que pudiera alarmar a los habitantes del puerto; tampoco perturbaba la paz que reinaba en aquel lugar.
Apoyé los brazos en la mesa y entrelacé los dedos. El sabor del whisky vino a mi memoria y comencé a sentirlo en la lengua. Eso sería lo que pediría. Puerto Esperanza tenía fama de servir buenos tragos, lo que no era suficiente para atraer de regreso a todo el turismo perdido, pero sí acercaba a los buenos bebedores. Y claro, también a jovencitos estúpidos como los que me acompañaban esa noche. Su presencia me molestaba, pero no podía hacer nada para echarlos; solo debía confiar en que mi presencia lo hiciera por mí.
De nuevo, Alain y mi Zafiro invadieron mi mente. No necesitaba cuestionarme qué haría si lo que mi hijo decía era cierto. No dudaría ni un instante en llevarme a esa mujer conmigo.
La siguiente ráfaga de viento trajo consigo un aroma dulce y delicado, completamente ajeno al mar. Cerré los ojos de nuevo, imaginando que así debería haber olido esa mujer. A pesar de ser la primera vez que percibía ese aroma, por alguna razón, lo reconocía.
—Buenas noches.
Desde la cabeza hasta los pies, me paralicé. Al igual que el aroma, esa voz era reconocible a pesar de nunca haberla escuchado. El dolor en mi pecho era tan intenso que pensé que me habían disparado.
—No tenemos whisky —continuó la mujer—. Pero podría ofrecerle…
—¿Por qué no tendrían whisky en un bar? —la reprendí, volviéndome hacia ella.
El sol, la luna y la tierra se alinearon de verdad. A escasa distancia de mí estaba esa mujer, la madre de mi hijo, ese zafiro más preciado que jamás pensé tener. Sus ojos y su rostro eran reales, y Alain no me había mentido ni alucinado.
Vendrá conmigo, es mía, pensé.
—Me disculpo, señor —me dijo con las mejillas llenas de rubor—. Iré a buscar por si acaso tenemos…
La detuve del antebrazo antes de que se fuera. Su piel era delicada y suave, mientras que los efectos que causó en mí fueron totalmente opuestos. Estaba tan duro que pensé que en ese momento tendría la eyaculación más satisfactoria de mi vida. Mi cuerpo ardía tanto que me sorprendía que no estuviera en llamas.
—Tu nombre —le exigí—. ¿Cuál es tu nombre? Si vas a atenderme y ofrecerme algo más, necesito saberlo.
—Sapphire, señor —contestó, temblando—. Mi nombre es Sapphire.
Mi mano se deslizó hasta que la solté. No quería liberarla, pero la impresión me quitó las fuerzas. ¿Cómo era posible que estuviera viva y frente a mí?
—Sapphire —susurré, degustando aquel delicioso nombre.
—Sí, señor. Le pido disculpas por la falta de whisky. Le traigo la carta y, si necesita ayuda, se la explico.
—De acuerdo —respondí, aunque no quería que se alejara.
Ella se dio la vuelta, causándome aún más dolor. Su cuerpo, de espaldas, era algo irreal, como si hubiese sido esculpido según mis gustos. Mis manos ansiaban posarse sobre aquellos muslos que se insinuaban bajo el corto vestido. Sus piernas, bronceadas y largas, no necesitaban de ningún calzado para causarme los más oscuros deseos. En cuanto regresara, la tomaría y nadie más iba a arrebatármela.
De pronto, fui consciente de la presencia de aquel grupo de imbéciles, quienes parecían haberse olvidado del miedo que me tenían por observar a Sapphire. Hasta esa noche creía conocer el odio, pero no era así. Nunca había experimentado el verdadero deseo de eliminar a alguien de la faz de la tierra. Todas esas muertes que llevaba detrás se volvieron insignificantes. Todos mis sentimientos de rabia se convirtieron en algo ridículo.
No, yo no había conocido la rabia ni el odio. Esa noche los conocí.
Uno de esos muchachos se levantó y fue tras Sapphire. Me levanté de un salto, pero no pude impedir que le diera un azote en el trasero. Sus amigos, riendo, se levantaron para huir, pero todos fueron alcanzados por las balas. Agradecí a mi difunto padre por cada uno de esos espantosos días de entrenamiento y por todos los golpes recibidos, que me convirtieron en el ser con más puntería y reflejos de la región.
Sapphire volteó lentamente, cuando tenía a aquel miserable entre mis manos.
—Lo siento, mi Zafiro, pero nadie puede tocarte.
Con un movimiento rápido, le rompí el cuello.







