Capítulo 5

Sapphire

Correr nunca se me había dado especialmente bien, pero en ese momento, tanto mi amiga como yo parecíamos flotar por la velocidad a la que íbamos. Ni siquiera sentía el piso bajo las suelas de mis zapatos, ni la frialdad de la brisa que azotaba nuestros cuerpos.

Aquel hombre se había dado media vuelta para rematar a sus víctimas, momento que aprovechamos para correr, siguiendo las señas que la señora Rizzo nos había dado. Ni Marisol ni yo queríamos dejarla sola con ese hombre, pero algo dentro de mí me decía que el objetivo era yo y que tenía que escapar si no quería que me atrapara.

—No puede ser, no puede ser, no puede ser —dijo Marisol, mientras nos encerrábamos en mi departamento—. ¿Por qué?

Seguí con las manos aferradas a la puerta, temblando y sin poder responder.

—¿Por qué tenía un arma?

Cerré los ojos, intentando entrar en negación, pero mi mente no me lo permitió. Recordé vívidamente al hombre rompiéndole el cuello al chico que me había azotado el trasero. También el sonido, la sangre, los disparos, los ojos vacíos del capitalino, quien apenas se percató de su muerte y cuyo último rostro que vio fue el mío.

—¡No! ¡No! ¡No! —grité, cayendo de rodillas al suelo—. ¡Dios mío, no!

Un proyectil de vómito bañó mi puerta y mis piernas. A Marisol le daba mucho asco ver a las personas vomitar, pero no pude contenerme. El miedo y la ansiedad me sobrepasaron, llevándome al límite.

—Phire, Phire —me llamó ella, preocupada—. ¡Dios mío, estás mal!

Sin importarle el vómito, metió las manos bajo mis axilas y me arrastró hacia atrás, alejándome de la puerta. Yo seguía con la mirada perdida y temblando, con mucho miedo de ese hombre y de que pudiera buscarme.

—Solo era un loco, Sapphire —me tranquilizó mi amiga—. Verás que lo apresarán y nunca más lo volveremos a ver.

—Eso… eso espero —susurré.

—Tienes que entrar a la ducha. Ponernos así no sirve de nada; debemos pensar.

—No quiero pensar —musité—. Cada vez que cierro los ojos, veo a ese tipo y…

—Lo sé, yo tampoco me saco lo que pasó de la cabeza, pero debemos pensar en algo para protegernos. Nuestras madres no van a volver pronto.

—La señora Rizzo —dije, agobiada, mientras trataba de ponerme de pie—. ¿Y si le pasó algo malo?

—No… lo creo —susurró Marisol, sin parecer convencida—. La señora Rizzo no hizo nada.

—¡Los otros chicos tampoco! —exclamé—. Ninguno se merecía eso. Eran unos idiotas, pero…

Me eché a llorar. Aunque yo no había sido quien disparó, me sentía inmensamente culpable.

—No, no es tu culpa, ni la mía. Tienes que olvidarte de eso. Todos esos capitalinos son unos dementes, por eso…

—Él dijo que nadie me puede tocar —murmuré—. ¿Por qué?

—No le des vueltas a ese asunto. Tal vez solo estaba borracho. Posiblemente, quería abusar de ti cuando le llevaras la orden, y se enojó al pensar que uno de esos chicos…

—Es posible.

No lo creía realmente, pero no tenía ganas de discutir con mi amiga. Ella intentaría convencerme de que olvidara el asunto y que guardáramos silencio para salvar nuestros pellejos.

Al entrar al baño, me desvestí y metí la ropa en la ducha para quitarle el vómito. Mientras frotaba la tela, volví a temblar y a llorar desesperadamente. En cualquier momento, ese hombre podría atravesar la puerta y matarnos a Marisol y a mí.

Peor aún, ¿y si ese pobre niño se cruzaba en su camino?

—No, no, no puedes tocarlo —dije, dejando caer el vestido y llevándome una mano al pecho—. No, no, ese pequeño no.

De manera inexplicable, sentía más miedo por él que por mi propia vida.

La puerta rechinó y lancé un grito agudo. Por suerte, solo había sido el viento. Marisol me tranquilizó cerrándola con fuerza para que no volviera a pasar. Aun así, no me sentía en paz y no pude salir de la ducha durante al menos una hora y media. Al salir, encontré a Marisol sentada en el sofá, abrazando sus piernas y balanceándose lentamente de un lado a otro.

—¿Te sientes mejor? —me preguntó.

Negué con la cabeza y ella se levantó.

—Limpié todo, no te preocupes. Menos mal que estoy un poco resfriada y que casi no comiste —intentó bromear—. Phire, vamos a estar bien, pero no podemos mencionar esto que vimos a nadie.

—¿Y si le pasó algo a la señora Rizzo? —repliqué—. No podría vivir sabiendo que…

—Ella fue la que nos dijo que nos fuéramos —me interrumpió—. No creo que le haya pasado nada; debemos confiar en eso.

—¿Crees que podamos rezar? —sugerí—. Creo que es lo único que nos queda por hacer.

—Sí, por supuesto —asintió—. Traeré unas velas, ya vuelvo.

—No, no te vayas. Creo que tengo unas en la cocina.

Me dirigí a los cajones y saqué dos pequeñas velas que mi madre había comprado para una reunión de la iglesia, pero de la que luego se olvidó.

Apagamos todas las luces del departamento y colocamos las velas encendidas en la mesa de centro de la sala. Frente a ellas, nos arrodillamos para recitar oraciones en silencio, o al menos eso era lo que le hacía creer a Marisol. En realidad, pedía por la vida de la señora Rizzo y ese niño que no tenía una madre que lo protegiera. Orar no me llenó de paz, pero sí me pareció mejor que no hacer nada y esperar a la llegada del amanecer para enterarme de las consecuencias de ese asesinato.

Oré con verdadera devoción hasta que mis labios no pudieron murmurar más palabras y mis párpados se volvieron pesados. No recuerdo el momento exacto en que me quedé dormida, pero cuando desperté, el sol ya asomaba por la ventana.

—Buenos días —me dijo Marisol, acercándose para ayudarme a levantarme—. Nos quedamos dormidas.

—Sí —susurré.

—¿Te sientes mejor?

Al ponerme de pie, dejé escapar un gemido de incomodidad. Mis piernas habían perdido la circulación y caí al sofá, incapaz de mantenerme de pie debido al hormigueo.

—Se siente espantoso —comentó—. También amanecí así. Estira las piernas.

Al hacer lo que me indicó, recordé de golpe todo lo que había pasado la noche anterior. Ahogué un grito y me llevé la mano a la boca.

—El niño, la señora Rizzo —dije angustiada, aunque no pude levantarme.

—¿Sigues pensando en ese niño? —preguntó Marisol, extrañada—. Mejor olvídate de él y de lo que pasó anoche. Aquí no pasó nada.

—¿Y si la policía nos interroga?

—En ese caso, responderemos que no sabemos nada. Ya se nos ocurrirá algo.

—Todo lo que podamos hacer me parece una mala idea, a decir verdad.

—Sí, no hay ninguna opción buena, pero no nos queda más remedio que mantenernos calladas todo el tiempo que sea necesario. Después de todo, no matamos a nadie.

Los mataron por mi culpa, pensé.

—Voy a casa ahora. ¿Quieres que te traiga algo? No creo que puedas cocinar.

—No, no tengo hambre.

—Debes comer —me reprendió—. Vomitaste ayer y no te has alimentado bien.

Solo asentí con la cabeza, haciendo caso omiso a su preocupación. Marisol dejó escapar un suspiro, pero no dijo nada más y se marchó a su casa. Golpeé los pies contra la mesa, intentando que se me pasara ese hormigueo, pero no lo conseguí hasta que los apoyé en el piso y caminé un poco. Estar en casa, sin que nada hubiese pasado, no me parecía tranquilizador en absoluto; más bien, se me antojaba el preámbulo de la desgracia.

—No, no puede pasar nada. No van a venir a buscarnos —murmuré mientras me dirigía a mi habitación.

Me dejé caer sobre la cama, absorta en mis pensamientos. No había señales de que alguien viniera a buscarnos ni de que algo extraño estuviera sucediendo. Allá afuera, el sonido de las olas, la gente yendo y viniendo y los vendedores ambulantes continuaba como de costumbre. A pesar de ello, mi corazón latía con fuerza, resonando en mis oídos. Me abracé las piernas, como si eso pudiera protegerme de cualquier hombre malvado que viniera a buscarme.

—No está pasando nada —susurré, cerrando los ojos—. No está pasando nada.

La calma poco a poco llegaba a mi cuerpo y noté que mis párpados se sentían pesados. Por la iluminación, sabía que eran más de las diez de la mañana, pero deseaba seguir durmiendo, fantaseando con la reconfortante idea de que todo se resolvería, de que ese mal hombre iría a prisión y de que ese pequeño habría vuelto con sus padres.

Me llevé la mano al pecho y apreté mi camisa. Otra plegaria se elevó al cielo, esperando que mis susurros fueran escuchados.

Unos ojos color miel, un rostro lleno de crueldad y locura. Me levanté de un salto, jadeando en busca de aire. Necesitaba olvidarlo.

La puerta de mi departamento se abrió, pero me obligué a no asustarme. Era Marisol, quien venía a decirme que el desayuno estaba listo y a insistir en que comiera. No tenía hambre, aunque tampoco tenía ganas de escuchar su sermón sobre ignorar lo ocurrido.

Pero la persona que encontré al salir de mi habitación no era mi mejor amiga, ni alguien en quien pudiera confiar.

—Vaya, bonito sitio —dijo mi padre, sosteniendo una de las velas desgastadas—. Se nota que han progresado.

Su sarcasmo era inconfundible, y me habría sentido ofendida de no ser porque estaba a punto de hacerme encima.

—¿Qué haces aquí? —farfullé, sosteniéndome del marco de la puerta para no caerme—. ¿Qué le hiciste al niño?

—Vaya, así que te preocupa ese niño. Interesante, la sangre llama.

—¿Quién es él?

—Alain Caltabiano, heredero de mi señor.

Me tambaleé. Había tenido en mis brazos a quien quizás era la persona más peligrosa del mundo. No era porque el niño representara una amenaza para mí, sino porque era hijo de alguien que podía hacerme trizas, como aquel hombre del bar había hecho con…

—El señor Caltabiano nos envió a mí y a sus hombres a buscarte. Menos mal que logré recordar dónde te dejé.

—¿A buscarme? —Me volví a tambalear, esta vez sin poder sostenerme.

No llegué a caer al suelo. Mi padre corrió hacia mí y me sostuvo de los codos. Sus ojos no mostraban afecto ni la más mínima consideración.

Él solo era mi padre biológico.

—Más vale que no menciones nuestro parentesco. Podrías perderlo todo, cariño, y yo también.

Sus manos, que debían ser amorosas, me apretaban el cuello con saña, aunque con un control que me permitía seguir hablando.

—Vete —le exigí—. Por favor, vete.

—No, no me iré. Debo darte instrucciones precisas que debes seguir si quieres que esto salga bien.

El deseo de gritarle todas sus verdades y lo mucho que lo odiaba en ese momento era muy fuerte, pero me contuve. Lo mejor que podía hacer para que se fuera era escucharlo con atención.

—Vas a quedarte aquí y hablarás con el señor Caltabiano, ¿me entendiste?

—¿Sobre qué? —susurré—. No hice nada, lo juro, no se lo dije a nadie. No…

No podía parar de temblar, y mi padre parecía disfrutar de mi incomodidad, ya que me sonrió. Aún era y lucía bastante joven, por lo que me imaginaba que haría todo lo posible por seguir escalando dentro de aquella familia.

Si Mario debía usarme para salvarse, lo haría sin dudarlo.

—Sé que no has hecho nada, tranquila. Si me obedeces y haces todo exactamente como te digo, sabrás la verdad y vivirás.

—Mi madre…

—Ella estará bien —me aseguró—, siempre y cuando tú te comportes como es debido.

—Dime qué tengo que hacer.

Mi padre me soltó del cuello.

Sus instrucciones y revelaciones, aunque breves, fueron tan contundentes que me dejaron sin aliento.

—No puede ser. No puedo ser la madre de…

—Lo eres, Sapphire, y es hora de que lo asumas. Tu misión será contarle a Alain que su padre le ha mentido, que siempre lo ha hecho y que seguirá haciéndolo. Le dirás que fui yo quien convenció al señor Caltabiano de dejarte vivir. Porque eso, querida hija, es lo que está pasando. Si no fuera por mí, Marcello Caltabiano te eliminaría para que no le arrebates el amor de su hijo.

—No, no le haría tal cosa a mi hijo —solté, asqueada por lo que decía.

Me llevé las dos manos a la boca, tratando de reprimir un grito. Saber que ese niño era mi hijo no me llenaba de alegría. De pronto, mi pacífico mundo volvía a ser un infierno, pero esta vez, mucho peor.

Ahora sabía que mi propio hijo había crecido sin mí. Ese instinto materno, que desconocía, afloraba en mí con violencia, y sentí una necesidad imperiosa de encontrarlo y protegerlo.

—Por supuesto que lo harás. ¿Qué prefieres: un hijo muerto o uno con los ojos abiertos?

—No dudo que el señor Caltabiano sea una persona ruin, pero…

Mi padre me tomó del cabello y me hizo echar la cabeza hacia atrás. Solté un quejido de dolor y se me llenaron los ojos de lágrimas, pues no soportaba la sensación de agujas en el cuero cabelludo.

—No me interesa si me crees o no. Lo harás para que tu madre, tú y yo podamos seguir con vida.

Mientras hablaba, algunas gotas de saliva salpicaron mi rostro. Estaba desesperado por convencerme antes de que aquel hombre viniera a presentarse ante mí. No dudaba de que algún día quisiera hacerse con el control de aquella familia, o algo peor.

—No… No puedo —tosí.

—Tienes que hacerlo. La vida de tu hijo, de mi nieto, depende de lo que hagas cuando el señor Caltabiano entre por esta puerta. Él vendrá, yo mismo le informaré que estás aquí y vendrá cuando termine la reunión.

Mario me soltó con cuidado, pero a pesar de ello, terminé cayendo al suelo. Mi mundo pacífico, aquel hermoso engaño en el que me había sumergido después de todas esas terapias, se estaba desmoronando. Ahora, no solo debía preocuparme por mí misma, sino también por un hijo que había crecido sin que yo pudiera verlo ni cuidarlo. Un hijo que me necesitaba.

—Espero que estés lista, porque tocarán a tu puerta en cualquier momento.

Sin preocuparse por mi bienestar, mi padre se fue apresuradamente. No pasó ni un minuto cuando Marisol entró de nuevo y corrió hacia mí para ayudarme a ponerme de pie. Sin embargo, no lo logró, ya que mis piernas y brazos estaban aún flácidos por la impresión.

—¿Era tu…?

—Sí, era mi padre —susurré—. Los Caltabiano vienen por mí.

—¡¿Qué?! —gritó—. ¿Por qué? No, no, tenemos que irnos.

—No me voy a ir, y es mejor que te vayas —contesté—. Vete, Marisol, no quiero que te involucres en esto.

—¿Por qué quieres quedarte? ¿Qué les hiciste? ¿Todavía te preocupa ese niño? Por Dios, olvídalo.

—¡No lo olvidaré, es mi hijo! —le grité, levantándome de golpe—. Tengo que llegar al fondo de esto y saber qué ocurre con mi vida. No entiendo nada.

—Es absurdo, ¿cómo va a ser tu hijo? No, no, no es posible.

—Recuerda todos esos meses —susurré—. Esos meses tan extraños en los que…

De repente, algunos recuerdos extraños vinieron a mi memoria. El dolor, la angustia, la gente sobre mí empujando mi barriga, las inyecciones y la condescendencia de todos cuando por fin me liberaron. No había sido cosa de un solo día, sino de meses. Yo había quedado embarazada.

—Phire, no te hace bien el…

Volteé hacia ella, frunciendo el ceño. Marisol, tragando saliva, retrocedió dos pasos.

—Tú lo sabías, ¿verdad? ¿Sabías que tuve un hijo?

—No, no lo sabía. Ni siquiera sabía lo que te estaban haciendo. Tardaste tanto en sanar que…

Me llevé ambas manos a la cabeza y grité hasta lastimarme la garganta, intentando liberar toda la rabia contenida. Seguían tratándome como a una enferma, como si no tuviera derecho a tomar decisiones sobre mi cuerpo y mi vida.

—Vete, Marisol —espeté—. No quiero escuchar más. Vete.

—Phire, cálmate.

La tomé de los hombros. No quería verla; me hacía demasiado daño.

—Estoy cansada de que me digan eso. Muy cansada —dije, sin dejar de empujarla—. Te conviene irte, porque te juro que no responderé por ti. Ahora, lo único que me importa es resolver mi vida y saber qué pasará con mi hijo.

—Sapphire, reacciona, tenemos que irnos. Nada de lo que ese hombre te dijo es cierto. Te lo suplico, hazme caso.

Le di un último empujón y le cerré la puerta en la cara. Tal vez esto significara el fin de nuestra amistad, pero no tenía cabeza para arrepentirme de lo que estaba haciendo.

No dejé que el pánico me hiciera vomitar y regresé a mi habitación a buscar algo decente para ponerme. Opté por una camisa de manga larga y unos pantalones que me cubrieran bien las piernas.

Marisol no volvió, aunque conociéndola, era bastante probable que estuviera cerca para intentar convencerme a la primera oportunidad.

Todavía no había nadie tocando a mi puerta, pero sentía el peligro en la piel, en cada latido de mi corazón y en cada respiración. Mi destino se vislumbraba incierto y oscuro, pero lo cierto es que lo soportaría con tal de recuperar lo que me habían quitado.

Si para recuperar a mi hijo debía someterme al señor Caltabiano, lo haría.

—Mi hijo, mi hijo —musité, recordando aquella sensación de tenerlo entre mis brazos—. Perdóname, pequeño. No pude protegerte.

Caminé hasta la vela que mi padre había tirado al suelo. Quería encenderla de nuevo para pedir por la seguridad de toda la gente de la zona, pero en ese momento llamaron a la puerta y se me cayó.

Me llevé la mano al pecho e intenté recuperar el aliento, que se me había cortado en ese momento. La persona detrás de la puerta volvió a tocar, y con el esfuerzo que pude reunir, me acerqué.

No podía imaginarme físicamente a Marcello Caltabiano, pero al ver a ese imponente hombre plantado ante mi puerta, supe que ni en sueños habría adivinado que era el asesino del bar.

—Mario tenía razón, estás aquí —dijo con voz grave, observándome con fascinación y alargando la mano hacia mí—. Al fin te encontré, mi Zafiro.

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lilisuper atrapada me encanta, hay mucho misterio que revelar ya quiero saber que sigue
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