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Capítulo 3

Sapphire 

Cuando llegué a casa, lo único que pude hacer fue dirigirme al baño y vomitar. No había nada en mi estómago, pero necesitaba sacarlo todo. La imagen de ese niño y la de mi padre seguían en mi mente, tan vívidas como si fuera un presente inmediato.

—¿Qué está pasando? —susurré mientras me lavaba el rostro frenéticamente—. No, no puede ser real lo que dijo ese niño.

Temblando todavía, salí del baño y me dirigí a la cocina para beber un poco de agua. Me costó al menos tres intentos evitar que el agua se derramara sobre la barra de la cocina, pero al tomar un sorbo pude dejar de temblar.

—Puede ser mi medio hermano —dije, tratando de calmarme—. Mis ojos los heredé…

No. Ese niño no podía ser mi hermano. Mi padre y su familia tenían un rasgo muy característico: el color de los ojos. Mis fallecidos tíos y abuelos tenían los ojos de un marrón tan oscuro que podía confundirse con negro. Era a través de mi madre que había heredado mi extraño color de ojos. Ella no los tenía así, pero sí mi abuela y mi tatarabuela.

—Puede ser algún pariente de mi madre o incluso mi hermano.

Esa idea, aunque más lógica, me inquietaba sobremanera. Si ese niño era mi hermano, eso significaba que mis padres aún tenían contacto y que me habían engañado todo este tiempo. Quizá los Caltabiano estaban enterados de todo y no venían a formar una alianza sino a asesinarme. El crucero y la marcha de mi madre sin avisarme coincidían perfectamente con todo esto. 

Iban a matarme y a mi madre eso no le importaba en lo más mínimo. 

Casi al instante fui víctima de otro ataque de náuseas, pero no fui capaz de llegar al baño y terminé en el lavadero. No podía dejar de pensar en cómo escapar y cómo convencer a Marisol de que estábamos en peligro inminente. Si unos mafiosos venían a darme caza, seguramente también acabarían con mi amiga. Tenía que advertirle en cuanto dejara de vomitar todo lo que luchaba por salir de mi cuerpo.

Mucho tiempo después, finalmente me rendí. No saldría nada que no fuera bilis, y ya ni siquiera eso salía. Lo que tenía dentro no saldría hasta sentirme a salvo y averiguar qué relación tenía ese hermoso niño conmigo. Él parecía muy asustado, muy necesitado de mí. ¿Por qué querían obligarlo a casarse con solo siete años? ¿Por qué su padre era tan cruel?

Una idea peor aún atravesó mi mente y la descarté de inmediato por lo siniestra que era.

—¡Santo Dios! —grité cuando unos golpes fuertes sacudieron la puerta mientras me acercaba a ella.

No solía acudir a la iglesia con regularidad, pero me persigné y me quedé quieta, esperando a que esa persona se fuera. Seguramente ya me había escuchado, aunque existía la posibilidad de que no lo hubiera hecho.

Volvieron a tocar y retrocedí temblorosa, pensando en buscar algún objeto que pudiera usar para golpear a mi visitante. Lo único de lo que disponía era de un palo de escoba y una varilla vieja que mi madre había traído de nuestra casa en la capital y que creía que algún día necesitaría para ahuyentar a los ladrones. Por aquel entonces, ninguna sabía que Puerto Esperanza era un punto limpio, y no le creímos a mi padre cuando dijo que no había ladrones.

Con el tiempo, el miedo a los ladrones se disipó, pero ninguna de las dos se deshizo de la varilla. Menos mal.

—Sapphire, ábreme la puerta —dijo Marisol, tocando una y otra vez. 

Dejé escapar un jadeo y caí de culo al suelo porque las piernas me fallaron por el alivio que me recorrió. 

—Phire, ¿estás ahí?

—Ya… ya voy —contesté en voz baja.

—Phire… 

—¡Ahora voy! 

Ella dejó de tocar y yo me levanté para abrirle. De nuevo me iba a sermonear por ser tan dura con mi madre. Sin embargo, esta vez tendría argumentos sólidos para demostrarle que tenía razón.

—¿Qué estabas haciendo? Fui a buscarte a la playa y no te encontré. Luego volviste y me dijeron que te veías mal.

—No sé si me vas a creer —respondí mientras retrocedía para dejarla pasar—. Lo que acaba de pasar es una locura.

—¿Qué? ¿Qué pasó?

—Vi de nuevo a mi padre —le solté—. Estaba en la playa, con ese niño que se parecía a mí.

—¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Por qué estaría aquí tu papá?

—Por…

En ese momento caí en la cuenta de que estaba hablando de más con Marisol. Ella sabía que Mario Bussolati era un hombre detestable, pero no el que trabajaba para los Catalbiano. 

—Sapphire, dime algo —me exigió—. ¿Quieres ir al hospital? Te ves demasiado pálida. ¿Estás segura de que no te lo imaginaste?

—Ojalá lo hubiese imaginado.

Me dejé caer en el sofá, cerrando los ojos. Marisol se sentó a mi lado y me tomó de la mano, la cual frotaba con ansiedad.

—Phire, lamento lo que te dije hace un rato. A veces no pienso en las cosas que digo —se disculpó.

—No te preocupes —susurré—. Creo que ahora es lo último en lo que puedo pensar.

—Pero te ofendí.

—Te dije que no te preocupes. —Abrí los ojos. Marisol hacía una mueca—. Necesito saber por qué ese niño dijo que soy su madre.

—¿De qué estás hablando?

—En la playa me encontré con un niño que parecía venir de la capital. Le zumbaban los oídos, como a mí, y cuando me vio me dijo que era su madre. Estaba muy asustado y me abrazó como nadie lo había hecho.

Mi amiga permaneció en silencio, solo observándome como cualquier persona haría con alguien que no está bien de sus facultades mentales.

—¡Estoy hablando en serio! —insistí, levantándome—. Te juro que eso fue lo que pasó. No estoy alucinando, fue real. 

—Te creo, pero no tiene sentido.

—No puedo darte detalles, pero creo que esto tiene que ver con la reunión que tendrán los Gauthier y los Caltabiano. Tal vez van a casar a ese pobre niño. 

—Puede ser. —Marisol se encogió de hombros—. Aunque no me cabe en la cabeza que puedan casar a un niño, menos con alguien de los Gauthier.

—Puede que no sea con uno de ellos, pero el caso es que…

—¿Qué? 

—Dirás que es una locura, pero me gustaría poder hacer algo por ese niño. 

—No puedes. Si ese niño tiene algo que ver con ellos, no puedes. Ahora, lo que me intriga es por qué tu padre lo conocía.

—Tengo miedo de que alguien venga a buscarme y me asesine —espeté—. Creo que hoy no iré a trabajar. 

—Pero tenemos que ir. Piensa en las propinas. Seguramente…

—El bar estará vacío —la interrumpí—. A lo mucho, vendrán los borrachos de siempre, los que no se enteran de nada. 

—Todos saben que la reunión es mañana, a plena luz del día. Esta noche la gente aprovechará para salir. A los mafiosos no les interesa mezclarse con la gente común. 

Esas palabras debían hacerme sentir tranquila, pero me estremecí. El recuerdo de aquel chiquillo grosero y asustado volvió a asaltar mi mente. 

—Tengo miedo de encontrarme con mi padre, pero…

—Dime la verdad. Él trabaja con ellos, ¿cierto? Siempre lo he sospechado.

No me quedó más remedio que asentir.

—No me preguntes más, no… estoy bien enterada.

Marisol me miró con suspicacia. No se iba a tragar el cuento de que yo ignoraba lo que hacía mi padre.

—No te voy a presionar si eso es lo que temes —respondió—. De todos modos, no quiero saber nada que tenga que ver con esas personas.

—Yo tampoco —musité—. Por eso no quiero ir hoy al bar.

—No te puedo dejar aquí, y no podemos fallarle a la señora Rizzo. Somos sus únicas empleadas. 

Me senté de nuevo, analizando la situación. Si Marisol decía que aquellos mafiosos no vendrían, era porque así sería. Ella siempre estaba bien informada sobre los acontecimientos del pueblo.

—No pasará nada. Tu padre pudo haberte hecho algo en la playa y no lo hizo.

—Me pidió que guardara silencio y también se lo dijo al niño —murmuré, con la mente perdida en ese recuerdo. 

—Es un punto limpio; nadie te hará daño.

Con esas palabras, al fin pude sonreír y respirar tranquila. Sin embargo, casi en el mismo segundo volví a sentir temor, aunque no por mi seguridad exactamente. Todavía me preocupaba ese pequeño que parecía tan fuerte y tan frágil a la vez.

¿Qué podía hacer para ayudarlo? Hacerlo era una estupidez, poner mi vida en una bandeja de plata a unos mafiosos capaces de todo, pero sentía la necesidad imperiosa de hacerlo.

—Aunque quieras, no puedes ayudarlo, Phire —me dijo Marisol, advirtiendo el rumbo de mis pensamientos—. Deja de pensar en él.

—Se parecía demasiado a mí como para ignorarlo.

—Puede ser un medio hermano.

—Tiene mis ojos —le aclaré—. Ese niño tiene mis ojos. Y, además, me llamó «mami».

—Pobre niño —dijo apenada—. Debe necesitar mucho a una madre. Con respecto a los ojos, no eres la única que tiene los ojos azules. Es raro en este lugar, sí, pero tal vez en la capital…

—No, no como los míos. 

—Sea como sea, ese niño no es tu asunto —me dijo tajante—. Tienes que olvidarte de eso, porque entonces sí que puedes ponerte en peligro. Olvídate de eso, Sapphire.  

—Sí, supongo que tienes razón —repuse con tristeza—. Debo hacerlo.

Las horas seguían pasando una tras otra y no lograba olvidarme ni por un instante de ese niño. Me estaba tomando demasiado en serio el hecho de que me había confundido con su madre. Intentaba pensar que tal vez él ya me hubiera olvidado y que solo había hecho eso para no tener que irse con Mario. 

—Te entiendo, pequeño —susurré mientras me vestía para ir a trabajar—. Yo también querría escapar de él. 

—Phire… 

Solté un improperio. La inesperada entrada de Marisol me había asustado mucho.

—¿Por qué haces eso? —me quejé, llevándome una mano al pecho—. Casi me matas de un infarto. 

—Lo siento, pero se está haciendo un poco tarde. La señora Rizzo me envió un mensaje diciendo que quiere vernos allí.

—¿Pasa algo? 

—Supongo que vamos a cerrar más temprano. El puerto ahora es más seguro que nunca, pero es mejor prevenir.

—Sí, entiendo. Me daré prisa. Claro, cuando me recupere del susto.

—Lo siento —se disculpó riéndose—. No pensé que estuvieras tan sumergida en tus pensamientos. Sigues pensando en ese chiquillo, ¿cierto? 

—No lo puedo evitar —admití, ruborizada—. Es que se parecía tanto a mí que…

—Sabes que no te hace bien pensar en él —me dijo, ahora con expresión seria—. Es un niño de la capital, no es de los nuestros.

—¿Y eso qué? —pregunté con molestia—. Sigue siendo un niño. 

—Seguramente solo fue un berrinche. Yo también lo he estado pensando y llegué a esa conclusión.

—Por amor a Dios, espero que eso sea cierto, aunque eso no explica por qué mi padre…

—No intentes explicarte nada. Tal vez tu madre tenga parientes y él se metiera con alguna de ellas. 

—Eso es casi imposible —dije con escepticismo—. Mi familia materna no es muy extensa.

—Que tú sepas. —Se encogió de hombros—. Uno nunca termina de conocer su árbol genealógico. 

No me quedó más remedio que darle la razón. Era una idea un tanto macabra, pero podía aportar algo de calma a mi mente.

Hacía un clima bastante agradable cuando salí del edificio. Si algo me gustaba de esta zona era que la brisa se podía oler desde aquí. A Marisol eso no le gustaba tanto, pero estaba acostumbrada.

—¿Crees que tendremos buenas propinas hoy?

—No lo sé —respondí. 

Era lo último que me importaba, en realidad. Todavía seguía sin ser capaz de dejar aquel asunto y enviarlo al fondo de mi mente.

—Me gusta el viento de hoy —comentó Marisol para distraerme.

—Sí, es muy agradable. 

Un balón rodó hasta mis pies y se lo regresé a Octavio, que tenía la misma edad y la misma contextura delgada que el misterioso niño. No se parecían en nada, pues Octavio era de piel morena y ojos muy oscuros, además de poco delicado en sus movimientos. Aun así, me era imposible no compararlos. Mi pequeño vecino, aunque sin muchos privilegios materiales, era feliz y libre, mientras que ese otro niño capitalino estaba siendo obligado a una atrocidad. 

—Gracias, Phire —me gritó a lo lejos con una sonrisa, para luego volver con sus amigos a continuar su partida rápida de fútbol.

—Será un gran futbolista —dijo Marisol cuando nos alejamos un poco—. Claro, si no se clava algo en los benditos pies.

—Me pondría a ahorrar para regalarle unos, pero ya viste lo que pasó cuando intentaron ponerle unos. Casi lo hacen encerrar en un hospital psiquiátrico.  

Nos echamos a reír. El enemigo mortal número uno de los zapatos, sin duda, era él. No había manera humana de que él se calzara unos zapatos, ni siquiera sandalias.

Llegamos al bar al cabo de unos minutos. Como era de esperar, todavía no había llegado nadie, pero para nuestra sorpresa, la señora Rizzo ya estaba allí. Esta nos dedicó una sonrisa nerviosa y se acercó a nosotras.

—Quería evitar el tema todo lo posible, hijas, pero la situación es insostenible.

—¿Qué sucede, señora Rizzo? —pregunté preocupada—. ¿No se siente bien?

—Mi salud está bien, gracias —contestó—. El bar es el que no está bien.

Al igual que yo, Marisol esbozó una sonrisa tensa. Por primera vez en el día, me preocupó algo más que ese niño. Algo me decía que podíamos perder nuestro empleo, que el tema de la hipoteca ya la había sobrepasado.

—Sí, es lo que están pensando. Me he atrasado con algunos pagos de la hipoteca —confesó cuando estuvimos las tres sentadas a la mesa—. Solo un milagro me salvaría.

—¿No le dieron una prórroga o algo así? —preguntó Marisol, a lo que yo asentí.

—Tal vez si habla con el banco…

—Ya estiré la situación lo más que pude, niñas —explicó con voz entrecortada—. No se puede más. Esta es… nuestra última semana. Voy a perder el local.

—Debe haber algo que pueda hacerse —murmuré, pero no se me ocurría nada.

Nada se puede hacer, pensé derrotada. 

La expresión triste de la señora Rizzo me hizo entender que ya no haría nada para salvar esto. Me afectaba bastante, pero la comprendía. Luchar por causas perdidas era desgastante.

—Se acabó, al menos lo del bar. Supongo que tendré que empezar de nuevo, en la capital.

—¿En la capital? —solté—. ¿Por qué allí?

—Puerto Esperanza es un lugar paradisiaco, pero ya no es un sitio turístico que compita con los demás puertos. Hace mucho tiempo que debería haberme hecho a la idea, pero amo este lugar y veía todo su entusiasmo y no quise…

—Señora Rizzo, no se preocupe —le dije, comprensiva—. Lo entendemos.

—No, yo no lo entiendo —masculló mi amiga—. Me parece muy injusto que este sitio se cierre; es tan especial. Lamento mucho lo que le está pasando, señora Rizzo. La vamos a extrañar.

—Gracias, chicas. Su apoyo ha sido importante para mí. Y si quieren irse ahora, pueden…

—No, no nos iremos —la interrumpió Marisol—. Haremos que esta última semana sea productiva.

—Así es, nos retiraremos con la cabeza en alto —secundé. 

La señora Rizzo nos miró los con ojos empañados por las lágrimas.

—Las voy a extrañar como no tienen idea.

Se echó a llorar. Odiaba ver a la gente sufrir así, menos a la que solía ir por la vida con una sonrisa, pero entre Marisol y yo hicimos lo que pudimos para que se distrajera y se tranquilizara.

—No sé qué haré —dijo Marisol mientras limpiábamos la barra—. ¿Cómo un sitio tan bueno como Puerto Esperanza dejó de ser un lugar turístico popular? ¿Qué tienen en mente esos capitalinos?

—Están acostumbrados al bullicio, a la vida agitada —repliqué, mirando la puesta de sol—. La mayoría de las personas quiere eso. Puerto Esperanza es para almas viejas, supongo, los que necesitan tranquilidad. 

—Eso sonó muy profundo —se rio—. Sigo sin entender; este puerto es divertido, lo tiene todo.

—No todo. No tenemos un supermercado —bromeé.

—Y no deberíamos —masculló—. Dicen que son espantosos. 

—No, no lo creo. Solo está lleno de gente. 

—¿Lo ves? ¡Es odioso!

Luego de limpiar la barra, fui a poner las mesas. Era probable que ya no me pagaran mi último sueldo íntegro, pero me estaba esmerando para hacer el mejor trabajo posible. No era propio de mí hacer las cosas a medias, ni siquiera si no recibía una retribución por ello.

—¿Crees que alguien venga? —preguntó Marisol—. Se está haciendo de noche y nadie…

Tres clientes llegaron al lugar antes de que ella terminara la frase.

—¿Eso responde a tu pregunta? —Sonreí.

—Bien, en marcha. Espero que estos sí dejen propinas. 

Fui hacia la barra para prepararlo todo. El sol ya se estaba desapareciendo en el horizonte y lo miré deseando que ocurriera un milagro y que el bar pudiera salvarse. Aquel astro no haría realidad mis deseos, pero las personas mayores del pueblo solían verlo como una deidad que concedía los deseos más profundos del corazón.

Otro deseo, ese que había quedado un poco rezagado en mi mente, surgió de nuevo. Deseaba que ese niño pudiera ser libre, que alguien lo librara de su injusto destino. No me importaba cuán privilegiado fuera; no me gustaba la idea de que lo utilizaran como moneda de cambio.

Eso era lo único que se me ocurría tras un acto tan miserable.

—Tres cervezas —me pidió Marisol—. No, no, de refill no, serán en botellas.

—¿Qué? Pero si… 

Los gritos que lanzaban los hombres de la mesa del fondo hicieron que comprendiera. Eran capitalinos, posiblemente hijos de padres adinerados, así que no iban a admitir que se les diera una cerveza que no estuviera sellada. 

—Voy a tener que ir por unas a la bodega —dije al ponerme en cuclillas y percatarme de que no teníamos cervezas—. Ahora vuelvo.

—¿No quieres que vaya yo? De verdad no soporto a estos… capitalinos —susurra—. Menos mal que no poseo un trasero como el tuyo, si no… 

Negué con la cabeza, sonriendo. 

—Ahora regreso, no te acerques hasta que vuelva.

—De acuerdo, pero si viene otro cliente, lo atenderás tú —gruñó.

—Trato hecho —respondí sonriendo—. No te preocupes, yo les llevo las cervezas. Tú solo ayúdame a servir las botanas que tengo que llevar.

—De acuerdo. 

Me quité el delantal y me solté el cabello para volver a sujetarlo. A lo lejos, noté que uno de esos capitalinos me estaba mirando.

—Vaya, vaya, vaya, qué hermosas chicas tenemos por aquí.

Resistí las ganas de ponerle una mala cara. Aunque fuera mi última semana y no corriera riesgo de despido, debía tratar bien a los clientes. 

—Date prisa —me pidió Marisol—. No quiero quedarme sola con ellos.

—Tranquila, ya regreso. ¿Dijiste tres cervezas?

—Trae algunas más por si acaso. Sospecho que vamos a tener más clientela.

—Está bien. 

Los capitalinos seguían gritando y dos de ellos me lanzaron piropos desagradables mientras bajaba las escaleras. Esperaba que no se quedaran demasiado tiempo aquí y que no fuesen de esos hombres a los que hubiese que sacar a rastras del bar. Mi madre no me esperaba en casa, pero tampoco quería irme tan tarde y menos apestando a borracho.

Sonreí al sentir la arena en mis pies, calzados solo por sandalias, y olvidé momentáneamente mi molestia. Estaba cálida. Sería una noche agradable, de esas que me gustaban.

Otro piropo hizo que olvidara esa idea. Definitivamente, esta no sería la noche apacible y de clientes prudentes que había imaginado. Era extraño, teniendo en cuenta que todos debían saber del gran acontecimiento que se suscitaría a la mañana siguiente.

Entré a la bodega y utilicé la linterna del celular de Marisol para alumbrarme hasta encontrar el interruptor, que estaba detrás de un anaquel.

Entrar aquí no me gustaba nada; olía a humedad y sospechaba que había ratas corriendo de aquí para allá. No me constaba, pero mi lado paranoico lo pensaba.

Tomé al menos seis cervezas, tres en cada mano, y salí de la bodega. Los capitalinos seguían de juerga, pero ahora los piropos iban dirigidos a Marisol. Uno de ellos había caminado hasta la barra y la estaba molestando.

—Ahora les llevo sus cervezas —le dije al chico, que parecía estar entrando en sus veinte años—. Disculpa, ¿podrías mostrarme tu identificación?

—¿Qué? ¿Luzco tan joven? —se rio. 

—Sí, pareces un adolescente —repliqué con tanta seriedad que él tuvo que carraspear.

—Qué lindos ojos. 

—La identificación, por favor. De todos —exigí—. O bueno, podría dejarlo pasar si dejan de molestar a mi amiga. 

—Nadie quería molestarlas, tranquila. Solo queremos nuestras cervezas.

Es un cobarde, pensé con cierto alivio. 

—Eso estuvo estupendo —me dijo Marisol cuando ese chico regresó a su mesa y nos pusimos a abrir las botellas con el destapador de la barra.

—Yo se las llevo.

Se me arquearon las cejas por lo que Marisol había dicho.

—¿Por qué?

—Porque me defendiste, y ahora sé que ninguno de esos tontos niñitos nos va a molestar. 

—Nos vamos a meter en problemas si descubren que son menores. 

—No creo que sean menores —rio—. No quieren mostrar sus identificaciones porque son hijos de personas adineradas. Ya sabes, políticos, jueces y esas mierdas. 

—Tal parece que me equivoqué. Este sitio no es para almas viejas. —Solté un resoplido mientras colocaba las cervezas y botanas en una bandeja. 

—Ahora regreso —me dijo Marisol con una sonrisa—. ¿Por qué no vas a buscar a la señora Rizzo? Temo que esté mal.

—Sí, tienes razón. 

Me dirigí a la trastienda. Mi corazón se aceleró un poco al imaginar que la señora Rizzo estuviera muy deprimida. Sin embargo, la encontré tranquila, cenando en su escritorio.

—¿Cómo va todo? ¿Esos chicos no las están molestando? —me preguntó, dejando los cubiertos.

—No, ya no —expliqué sonriendo—. Les pedimos las identificaciones y se acobardaron. 

—Típico de capitalinos. Creen que se merecen el mundo —dijo con aire fastidiado—. Espero que se marchen pronto.

—Yo también —susurré—. ¿Necesita algo? Vine a…

—No, cariño, no necesito nada. Tranquila, no voy a suicidarme, si es eso lo que estás pensando. 

—No diga eso —pedí, preocupada, aunque sin atreverme a acercarme—. Yo no estaba pensando eso.

—Estoy segura de que temías que estuviera mal. —Sonrió—. Estoy bien, vuelve al trabajo. Seguro que esta noche se llevan buenas propinas.

—Marisol y yo esperamos lo mismo. No es agradable atender a esa clase de personas. ¿De verdad quiere irse a la capital? 

—No me queda otra opción —repuso con tristeza—. Si me quedo aquí, moriré de hambre.

—Estoy segura de que…

—Sapphire —me interrumpió—. Mi decisión está tomada.

Su tono contundente lo dejaba claro.

—Entiendo —asentí—. Se le extrañará.

Tras asegurarme de que estaría bien, salí. La brisa marina no fue la única agradable sorpresa que me recibió al hacerlo, sino que esos tipos ya estaban calmados y ya no eran los únicos clientes.

—¿Qué pasó? —le pregunté a Marisol, quien estaba detrás de la barra, muy nerviosa—. Ahora están en calma.

—Sí, es por ese tipo de allá. —Señaló con la barbilla a un hombre sentado en la mesa de la esquina.

No podía verle el rostro, pero me daba cuenta de que era corpulento y que tenía el cabello corto y rizado. Entrelazaba las manos sobre la mesa y miraba hacia el mar.

La imagen por sí sola no debería ser nada especial, pero algo dentro de mí se removió. No podía quitar la vista de esos brazos, que se notaban trabajados a pesar de llevar una chaqueta de cuero negro.

—¿Por qué él? —dije desconcertada—. ¿Qué hizo?

—Solo los miró. 

Tragué saliva. Por alguna razón, eso me ponía más nerviosa que si me hubiera dicho que los golpeó o sermoneó.

—Vas a ir a atenderlo tú, ese sí que me dio miedo. —Marisol se estremeció—. ¿Podrías? Ordenó solo un whisky. 

—¿Y tenemos siquiera whisky? Hace demasiado que no nos piden uno.

—No, pero tal vez puedas ofrecerle algo más.

—Bien, iré yo —contesté—. Pero el siguiente lo atiendes tú.

—Está bien. 

Involuntariamente, me coloqué algunos mechones sueltos detrás de las orejas. Ese hombre tenía toda la pinta de ser capitalino, pero no era como esos chicos que ahora, en lugar de gritar, hablaban en voz baja, como si aguardaran el momento más oportuno para irse sin que él se diera cuenta.

A medida que me acercaba, sentía el corazón cada vez más acelerado. Antes de llegar, me detuve y pensé en regresar a la barra para pedirle a Marisol que lo atendiera.

No me rendí. Había llegado a la conclusión de que prefería arriesgarme yo antes que Marisol.

—Buenas noches —saludé al llegar a la mesa.

Los brazos y los hombros del hombre se tensaron, y yo me contuve de suspirar. Olía tan bien que deseé quedarme más tiempo del que la buena educación dictaba.

—No… No tenemos whisky —le informé—. Pero podría ofrecerle…

—¿Por qué no tendrían whisky en un bar? —reclamó, volviendo el rostro hacia mí.

Mi respiración se entrecortó. Su mandíbula, ligeramente cuadrada y enmarcada por una barba incipiente, se tensó. Sus ojos lucían del color de la miel, o eso sugería la iluminación del bar, gracias a la cual pude notar la dilatación de sus pupilas. Muchas personas me habían observado detalladamente durante mi vida, pero él veía más allá de mis ojos o de lo que fuera que les atraía a los demás de mi rostro. 

Él me leía entera. 

—Me disculpo, señor —le dije, tratando de ignorar la enorme tensión entre ambos—. Iré a buscar por si acaso tenemos…

Su enorme mano me detuvo por el antebrazo para que no me diera la media vuelta. Todo mi cuerpo se estremeció al sentir la aspereza de su piel que, en lugar de ser desagradable, me resultaba deliciosa y me generó un cosquilleo por todo el brazo.  

—Tu nombre —exigió con voz grave—. ¿Cuál es tu nombre? Si vas a atenderme y ofrecerme algo más, necesito saberlo.

—Sapphire, señor —respondí sin pensar en el peligro que corría—. Mi nombre es Sapphire. 

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