Quedaba uno… el chef, el fiel, el que le preparaba cada plato especial a Rebeca, el que sabía exactamente cómo le gustaba todo, el que ejecutaba sus órdenes sin preguntar.
Ese sería sencillo, no necesitaba sacarlo a la fuerza, solo quitarle la venda de los ojos a Martín y dejar que él mismo lo viera todo.
A la mañana siguiente me desperté temprano, demasiado temprano, la casa aún estaba en silencio cuando me deslicé fuera de mi habitación y bajé descalza, cuidando cada paso, me quedé detrás del