Quedaba uno… el chef, el fiel, el que le preparaba cada plato especial a Rebeca, el que sabía exactamente cómo le gustaba todo, el que ejecutaba sus órdenes sin preguntar.
Ese sería sencillo, no necesitaba sacarlo a la fuerza, solo quitarle la venda de los ojos a Martín y dejar que él mismo lo viera todo.
A la mañana siguiente me desperté temprano, demasiado temprano, la casa aún estaba en silencio cuando me deslicé fuera de mi habitación y bajé descalza, cuidando cada paso, me quedé detrás del marco de la cocina, lo justo para ver sin ser vista.
El personal ya estaba ahí, el chef principal daba órdenes marcando el ritmo como si fuera su territorio.
—El desayuno de la señora Rebeca va primero —dijo—, ya saben cómo lo quiere.
Vi cómo preparaban la bandeja con una precisión exagerada, todo giraba alrededor de Rebeca.
Recordé algo que había escuchado tiempo atrás… Rebeca era alérgica a una especia concreta…
La pimienta blanca.
Con cuidado, sin apuro, me acerqué cuando el chef se giró para