Luego se volvió hacia Rebeca y, con cuidado, la ayudó a ponerse de pie.
—Vamos a tu habitación —le dijo—, necesitas descansar.
Ella me lanzó una mirada cargada de odio mientras avanzaba, pegada a él… yo le devolví una sonrisa pequeña, medida, de esas que duelen más que un insulto.
Cuando desaparecieron por el pasillo y la puerta se cerró, me giré hacia los dos y me crucé de brazos.
Nicolás estaba rojo de la cólera… Catalina tenía la cara mojada y apretaba el peluche hasta casi romperlo, los dos