Luego se volvió hacia Rebeca y, con cuidado, la ayudó a ponerse de pie.
—Vamos a tu habitación —le dijo—, necesitas descansar.
Ella me lanzó una mirada cargada de odio mientras avanzaba, pegada a él… yo le devolví una sonrisa pequeña, medida, de esas que duelen más que un insulto.
Cuando desaparecieron por el pasillo y la puerta se cerró, me giré hacia los dos y me crucé de brazos.
Nicolás estaba rojo de la cólera… Catalina tenía la cara mojada y apretaba el peluche hasta casi romperlo, los dos me miraban con el mismo desprecio.
—No te vamos a hacer caso —escupió Nicolás—. La única que manda es Rebeca, siempre ha sido así y siempre será así… ni papá te quiere.
Sentí la sangre hervirme, pero esta vez no la iba a desperdiciar en gritos.
—A ver —dije despacio—, parece que se les olvidó algo importante.
Los miré a los dos.
—Yo soy la que firma sus autorizaciones del colegio, sus permisos para excursiones, sus entradas al club, sus clases de todo —continué—. ¿No lo sabían?
Nicolás apretó la