Y los dos giraron la cabeza al mismo tiempo.
Martín se quedó inmóvil,su mirada se le clavó en mí y me recorrió de arriba abajo sin disimularlo, el escote, la cintura, el corte de la falda, la pierna asomándose al bajar, el rojo encendiéndose en la sala como si todo girara alrededor mío, de lejos se le tensó la garganta y tardó un segundo en reaccionar.
Rebeca se quedó con los ojos abiertos, dura, como si le hubieran echado un balde de agua fría encima, bajó la mirada al vestido, rojo, su rojo, luego me miró a mí y después a Martín, que seguía estático viéndome.
—¿La vas a llevar a ella? —chilló, señalándome—. ¿A ella? ¿Por qué?
La voz le salió rota y Martín parpadeó, como despertando, se giró hacia ella.
—Será mejor que descanses —dijo, serio—, volveremos muy tarde.
Intentó irse hacia la puerta, pero Rebeca lo sujetó del saco.
—¡No me digas que descanse! —casi gritó—, yo puedo arreglarme en diez minutos, me pongo un vestido, me maquillo, tú sabes que en media hora estoy lista, no vas a