La ambulancia llegó rápido… paramédicos, camilla, olor a desinfectante y a plástico, todo mezclado con los gemidos de Rebeca, repitiendo que le ardía, que le dolía, que se moría.
Le pusieron algo en el brazo, gasas, suero, incluso un collarín que no necesitaba, pero ella se dejaba caer como si se hubiera fracturado todo… Martín no se apartó de su lado.
—Voy con ella —dijo cuando la subieron a la camilla.
—Yo me quedo con los niños —respondí.
Él asintió, distraído.
La puerta se cerró… y la casa quedó extrañamente silenciosa.
Yolanda volvió de dejar a Catalina encerrada; Nicolás lloraba a moco tendido detrás de su puerta, golpeando la madera, pidiendo ver a Rebeca.
—Que no salga —ordené suave—, está muy alterado.
Nadie protestó.
Subí despacio las escaleras y en mi cuarto, al fin sola, me dejé caer en la cama mirando el techo… culpa, un poco, lo admito… pero pensé en todo lo que le hicieron sufrir a mi hermana y se me pasó.
—Uno a uno… —murmuré.
Al rato el celular vibró… era Martín.
—¿Cóm