Los niños se quedaron de piedra un segundo y luego corrieron hacia ella.
—¡Rebeca! —gritó Catalina—, ¿estás bien?
Ella me miró primero a mí, anonadada, con los ojos llenos de furia… luego cambió el rostro en un segundo, lo suavizó, lo volvió dolido, tembloroso, y miró a Martín.
—Me golpeó… —sollozó—, ¿viste?… ¡me golpeó!
Martín se quedó quieto, sorprendido, todavía sujetándola del brazo… abrió la boca para decir algo, pero lo interrumpí.
—¿Cómo se te ocurre hacer quedar mal a mi marido de esa manera? —solté, con la voz firme y clara.
Rebeca parpadeó, sin entender al principio.
—¿De qué hablas? —escupió.
La miré fijo.
—Del club —dije—. De cuando le lanzaste la copa a Camila Valderrama, le gritaste delante de todos y le metiste una cachetada tan fuerte que el arete salió volando… justo cuando estaban a punto de cerrar el trato.
Martín se tensó… ella lo sintió.
—Gracias a ti —seguí, sin apartar la mirada—, Alejandro Valderrama cortó todo con la empresa y mi marido quedó como un payaso, co