Tragué saliva, bajé la mirada y jugueteé con la sábana entre los dedos, como si decirlo me pesara demasiado.
—Sabes que va a venir a buscarme… ¿verdad? —murmuré—. Está histérica… quizá antes no lo hacía, pero la entiendo… yo más que nadie… va a venir contra mí.
Se quedó en silencio unos segundos, pensativo, y giró apenas la cabeza hacia mí.
—Enviaré a alguien que esté pendiente de ti —dijo—, no va a tocarte otra vez.
Asentí.
—Voy a salir un rato más tarde… —añadí, como si me diera vergüenza pedirlo—, quiero que el doctor vea lo de la rodilla… ¿puedo?
Lo miré con esa cara de cachorro que tanto odiaba usar, pero que ahora era mi arma más útil, sosteniéndole la mirada sin apurar nada… dejando que el silencio hiciera su parte, hasta que bajó apenas la guardia y asintió.
—Está bien, ve con cuidado —respondió.
Dejó las cosas sobre la cómoda, fue hasta el pantalón, sacó la billetera, buscó algo dentro y regresó a la orilla de la cama… sacó otra vez la tarjeta negra, la bendita Black Card.
—To