Capitulo 44
Cuando volvimos a la casa ya era de noche, las luces de la entrada encendidas, el auto de Martín estacionado. Entré cojeando, con la venda bien a la vista, y apenas crucé el recibidor escuché los gritos.

Rebeca.

Otra vez.

—¡Te dije que estés pendiente! —le gritaba a Yolanda—. ¡No estoy para tus estupideces!

Al verme se quedó en seco, su cara cambió en un segundo, pasó de furiosa a desbordada.

—Estas son horas de llegar, ¿no? —escupió, viniendo hacia mí—. De seguro estuviste buscando borrachos para que se metan entre tus piernas, ¿verdad?

Me hirvió la sangre, quise burlarme pero vi el auto de Martín afuera… eso significaba que estaba en algún lado, cerca, así que respiré hondo y me tragué el veneno.

—Rebeca… —dije, suave—, yo sé que esto te incomoda… pero es mi esposo… tú lo has tenido mucho tiempo… solo quiero pasar tiempo con él… lo extraño.

Lo dije con la voz baja, como si me doliera admitirlo, y ella se frenó un segundo, mirándome sin poder creer lo que veía.

—¿Y por qué demonios ha
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