Cuando volvimos a la casa ya era de noche, las luces de la entrada encendidas, el auto de Martín estacionado. Entré cojeando, con la venda bien a la vista, y apenas crucé el recibidor escuché los gritos.
Rebeca.
Otra vez.
—¡Te dije que estés pendiente! —le gritaba a Yolanda—. ¡No estoy para tus estupideces!
Al verme se quedó en seco, su cara cambió en un segundo, pasó de furiosa a desbordada.
—Estas son horas de llegar, ¿no? —escupió, viniendo hacia mí—. De seguro estuviste buscando borrachos pa