Los dos volteamos al mismo tiempo y ahí estaba Rebeca, clavada en el marco, con los ojos abiertos de par en par, enormes, mirándonos como si hubiera encontrado un cadáver en lugar de una cama.
—…no —susurró al principio, casi sin voz—, no… no, no, no…
La respiración se le aceleró de golpe y los ojos se le llenaron de lágrimas instantáneas, de esas que no son de dolor, sino de rabia, de ego herido.
—¿Qué es esto? —soltó al fin, la voz aguda, temblorosa—. ¿QUÉ M****A ES ESTO? —explotó.
Intentó ent