Seguí mirando al frente, tomé un sorbo sin verlo.
—Los gritos de toda la tarde no me dejaron dormir —dije—, supongo que el insomnio es contagioso en esta casa.
Volví a beber despacio, dejando que el licor me quemara la lengua.
—¿Desde cuándo tomas? —preguntó—, si a ti no te gusta el alcohol.
Me quedé mirando el vaso… y me di cuenta de que tenía razón, a ella no le gustaba, Melanie odiaba el alcohol, se le notaba solo con olerlo… mientras que a mí no, nunca me molestó del todo.
Le di un