Martín dejó el celular al instante, los niños se levantaron asustados y yo me puse de pie con calma, mientras Rebeca aparecía en el balcón del segundo piso con la bata medio abierta, el pelo mojado y una desesperación total.
—¡¡Mi collar!! —gimió—. ¡No está!
Vi a Martín de reojo, soltó un suspiro irritado, seguro creyó que era algo grave, pero aun así subió rápido, seguido por los niños, yo subí un poco más lento, aparentando confusión.
Cuando entré, la escena ya estaba montada: Rebeca llorando histéricamente y él buscando como loco en cajones, tocador, baño, estantes, pero no encontraron nada.
—¡Martín, ese collar cuesta medio millón! ¡Tú sabes lo que vale!
Martín exhaló, entre molesto y cansado.
—¿Buscaste bien? —dijo con un tono serio, no tanto por el collar, sino por el escándalo.
—¡No está! ¡Lo dejé aquí mismo antes de ducharme! ¡Alguien lo robó!
Yo me apoyé en el marco de la puerta, fingiendo preocupación, entonces ella me miró, directo.
—Tú fuiste —escupió—, tú lo tomaste.
—¿Qué