—¿Va a bajar a desayunar? —era la voz fría tosca y desagradable de Yolanda
Me acomodé un mechón detrás de la oreja
—No, me siento mal, díganle a Santiago que me traiga el desayuno
Yolanda soltó un bufido y se fue sin responder, y solo pasaron unos minutos cuando escuché pasos suaves y la puerta volvió a sonar
—Señora… soy yo —dijo Santiago entrando con la bandeja— el señor dijo que desde ahora yo seré quien la atienda
Eso me sorprendió porque Martín había dado esa orden seguramente por la manip