Catalina se quedó quieta, a centímetros de su rostro, sintió el calor subirle a las mejillas, dio un paso atrás, respirando rápido, avergonzada
—¿Por qué? —preguntó, tartamudeando y tratando de sostenerle la mirada—. Y-yo… y-yo pues…
Él apretó la mandíbula, entendiendo demasiado bien lo que estaba pasando
—No confundas las cosas —la interrumpió, con un tono de voz frío y distante.
Las palabras le cayeron encima como un golpe, Catalina bajó la mirada, con los ojos llenos de vergüenza y tristeza