—Ve comiendo, Jasman. Ya mismo regreso —murmuro entre dientes.
Beso la herida de mi sobrino antes de correr al dormitorio. Allí, mi secuestrador echa en la mochila varios medicamentos, las esposas, una cantimplora con agua y una manta. También, se ajusta, en el cinturón, un par de pistolas y un cuchillo.
Actúa como si no me hubiese visto, aunque nuestras miradas se han cruzado un par de veces.
—No te sabes ninguno —afirmo.
—¿Ningún qué? —Enarca una ceja sin dejar de organizar su bolso.
—No