Al final de la jornada, exhausto y con la moral por los suelos, Leonardo se encerró en el pequeño apartamento que compartía con Catalina. La soledad, que antes había sido una bendición, ahora le resultaba un castigo. Necesitaba hablar con alguien, desahogarse.
Justo cuando se disponía a pedir una pizza a domicilio (la única forma en que podía comer sin depender de su padre), su teléfono vibró con una llamada entrante. Era Juan Carlos. Una punzada de alivio lo recorrió. Al fin, un respiro.
—¿Qué