Don Rafael, su padre, estaba sentado detrás del imponente escritorio de caoba, su rostro inescrutable y sus ojos, generalmente cálidos, ahora duros como el acero. A su lado, Mateo, su hermano, permanecía de pie, con los brazos cruzados y una expresión que Leonardo no lograba descifrar, una mezcla de decepción y fría determinación.
Leonardo entró, intentando mantener la compostura, la misma arrogancia que solía usar como armadura, pero sus piernas se sentían pesadas, sus manos sudaban. La imagen