El eco de mis palabras aún resonaba en los pasillos de la empresa. Dejé a Leonardo plantado, con el rostro descompuesto por la furia y la humillación, mientras los murmullos de los empleados se convertían en un coro de asombro. La satisfacción que sentía era agridulce; una parte de mí se regocijaba en su desconcierto, pero otra, la que aún recordaba la promesa de la noche anterior, sentía un punzante dolor.
Lo conduje por los pasillos, sin mirarlo, hacia la que sería mi nueva oficina. Era un es