El olor a aceite de motor, a metal caliente y a café recién hecho era el perfume matutino de Catalina. En el taller de la empresa, las herramientas y rugidos mecánicos, era el único lugar donde se sentía verdaderamente en control. Pero esa mañana, el control se le escapaba de las manos, resbaladizo como la grasa. Leonardo, con su camisa de seda impecable y su cabello perfectamente peinado, estaba sentado en un banco de trabajo, luciendo tan fuera de lugar como un lirio en un pantano. La tensió