Un silencio denso se instaló en la oficina de Don Rafael tras sus palabras. La incredulidad se había estampado en el rostro de Leonardo, sus ojos oscilando entre su padre y yo, buscando una explicación lógica a lo que acababa de escuchar. Yo, por mi parte, sentía una oleada de satisfacción recorrer mi cuerpo, un pequeño triunfo en medio de la tormenta de emociones que aún me sacudía.
—Gracias, Don Rafael —dije, con una sinceridad que nacía de lo más profundo de mi ser. Su astucia y su repentino