De pronto se sentía miserable, si algo malo le pasaba a su hermana jamás se lo perdonaría. Había sido capaz de salvarle la vida a Maximo, el primo del imbécil de Renfield, pero nunca pudo proteger a su hermana.
Paso alrededor de media hora, cuando una devastada y triste Bernarda bajaba de las escaleras con un pañuelo manchado de sangre. Tenía la mirada triste y sus ojos estaban llorosos.
¿Cómo está mi hermana? — Arlen fue el primero en preguntar.
—Ella…— tomó aliento, no podía hablar, sentía un