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Un silencio que duele más

La habitación permanecía en silencio. Afuera, la brisa nocturna agitaba suavemente las copas de los cipreses que rodeaban la mansión Prieto, mientras la luz de la luna se filtraba entre las cortinas de lino y dibujaba sombras sobre el amplio dormitorio. Adelaide llevaba casi una hora acostada, con la mirada perdida en el techo, observando cómo los minutos pasaban lentamente sin encontrar la calma que tanto necesitaba. Había cerrado los ojos una y otra vez, intentando obligarse a dormir, pero el sueño parecía haberse marchado junto con la tranquilidad que alguna vez sintió al compartir aquella cama con Marco.

Las palabras de Antonia seguían resonando en su cabeza como una herida abierta.

«Una esposa debe saber darle una familia a su esposo».

Intentó convencerse de que no debía darles importancia. Marco tenía razón, se repetía una y otra vez. Quizá era demasiado sensible. Tal vez su suegra solo era una mujer de carácter fuerte y ella exageraba cada comentario. Quería creerlo porque aceptar otra realidad dolía demasiado. Sin embargo, había una pregunta que no dejaba de atormentarla, una pregunta que regresaba cada noche y que cada vez pesaba más sobre su corazón: ¿por qué el hombre que le había prometido protegerla permanecía siempre en silencio cuando más lo necesitaba?

Giró lentamente la cabeza hacia el otro lado de la cama. Marco estaba de espaldas a ella, con una respiración pausada que parecía indicar que dormía profundamente. Adelaide lo observó durante unos segundos, buscando en aquella figura alguna señal del hombre que había conocido, del hombre que antes podía notar hasta el más pequeño cambio en su expresión.

Dudó antes de moverse. No quería molestarlo. Sabía que Marco tenía días agotadores, que cargaba con una enorme responsabilidad sobre sus hombros, pero el peso que llevaba en el pecho comenzaba a asfixiarla. Necesitaba hablar con él, escuchar una palabra amable, sentir una caricia o simplemente comprobar que todavía podía refugiarse en los brazos del hombre del que seguía profundamente enamorada.

Con timidez, estiró la mano hasta rozar su brazo.

—¿Marco...? —susurró con cuidado, casi temiendo romper el silencio de la habitación.

No obtuvo respuesta.

Pensó que quizá no la había escuchado, así que se acercó un poco más, apoyando apenas la voz para no sonar insistente.

—¿Podemos hablar unos minutos?

El silencio volvió a responderle. Adelaide bajó la mirada, sintiendo cómo una pequeña decepción comenzaba a instalarse en su pecho, pero aun así insistió una vez más.

—No puedo dormir...

Del otro lado de la cama no hubo el menor movimiento.

Lo que ella ignoraba era que Marco estaba completamente despierto. Había abierto los ojos apenas sintió el roce de su mano sobre su brazo, pero decidió volver a cerrarlos. No tenía fuerzas ni paciencia para otra conversación en mitad de la noche. Durante las últimas semanas, Adelaide parecía vivir atrapada entre dudas, miedos y lágrimas. Siempre necesitaba hablar; siempre buscaba respuestas que él ya no quería darle.

A sus ojos, cualquier comentario de su madre terminaba convertido en un drama y cada uno de sus silencios se transformaba en un problema. Todo aquello comenzaba a agotarlo. Sentía que cada conversación terminaba igual: ella buscando comprensión y él intentando escapar de una discusión que, desde su perspectiva, nunca llevaba a ninguna parte.

Pensó que, si permanecía inmóvil unos minutos más, Adelaide terminaría por rendirse. Era mucho más sencillo fingir que dormía que escuchar otro reclamo.

Adelaide retiró lentamente la mano. Una punzada atravesó su pecho, pero aun así se obligó a sonreír con tristeza, como si incluso en ese momento intentara protegerlo de sentirse culpable.

—Perdón por despertarte... Buenas noches.

Su voz apenas fue un susurro.

Volvió a acomodarse sobre la almohada y le dio la espalda, abrazándose a sí misma como si intentara llenar el vacío que empezaba a crecer entre los dos. Las lágrimas humedecieron lentamente el borde de la almohada, cayendo en completo silencio. No quería que Marco la escuchara llorar. No quería convertirse, una vez más, en una preocupación que él considerara innecesaria.

Detrás de ella, Marco abrió los ojos durante un instante. Observó la silueta de su esposa, encogida bajo las sábanas, y dejó escapar un suspiro apenas perceptible.

Aquella mujer ya no despertaba en él la admiración de antes. La veía demasiado vulnerable, demasiado dependiente de su aprobación e incapaz de afrontar cualquier dificultad sin quebrarse. Lo que al principio había confundido con dulzura ahora le parecía una debilidad que comenzaba a cansarlo.

«Tiene que madurar», pensó antes de volver a cerrar los ojos.

No sintió la necesidad de abrazarla. Tampoco de preguntarle por qué lloraba, mucho menos de disculparse. Mientras Adelaide luchaba por contener el llanto para no molestarlo, Marco eligió refugiarse en un silencio que, sin darse cuenta, estaba destruyendo poco a poco el matrimonio que un día prometió cuidar.

La mañana llegó envuelta en la suave luz del sol que se colaba por los enormes ventanales de la mansión Prieto. El silencio todavía dominaba la casa cuando Adelaide ya estaba de pie, con el cabello recogido y un delantal color marfil atado a la cintura. Había dormido apenas unas horas, pero aun así se levantó antes que todos, como hacía cada mañana. Su cuerpo estaba cansado y sus ojos todavía reflejaban la tristeza de la noche anterior, pero se negaba a permitir que un mal momento definiera todo su día. Cocinaba convencida de que los pequeños detalles podían mantener vivo un matrimonio, porque para ella el amor también estaba hecho de gestos simples, de cuidados silenciosos y de aquellas pequeñas cosas que muchas veces nadie veía.

Sobre la encimera reposaba la mezcla para preparar waffles. Adelaide sonreía con discreción mientras vertía la masa sobre la waflera caliente, observando cómo poco a poco tomaba forma aquel desayuno que había preparado con tanto cariño. El aroma de la mantequilla comenzó a llenar la cocina y, cuando estuvieron listos, los acomodó cuidadosamente sobre un plato de porcelana. Los bañó con miel de acacia, añadió algunas fresas frescas y preparó una taza de café negro exactamente como le gustaba a Marco: recién hecho y sin azúcar.

Era su desayuno favorito.

Lo había aprendido durante el noviazgo, cuando él todavía encontraba tiempo para detenerse en esos detalles. Recordaba cómo Marco sonreía al verla preparar algo para él, cómo se acercaba por detrás para abrazarla mientras cocinaba y cómo un simple gesto suyo podía hacerla sentir la mujer más afortunada del mundo. Aquellos recuerdos todavía vivían en su mente, aunque cada vez parecían más lejanos.

Mientras colocaba los cubiertos sobre la mesa, una pequeña ilusión se abrió paso en su corazón. Quizá la noche anterior solo había sido un mal momento. Tal vez ambos estaban cansados y habían dicho cosas sin pensar. Quizá aquel día sería diferente.

Escuchó unos pasos acercándose desde la escalera principal y levantó la mirada de inmediato. Marco descendía con elegancia mientras terminaba de ajustarse la corbata frente al reflejo de una enorme ventana. Vestía un impecable traje gris oscuro y caminaba con la seguridad de quien siempre tenía prisa. El reloj de lujo que llevaba en la muñeca brilló bajo la luz de la mañana y el aroma de su perfume llenó el comedor incluso antes de que llegara hasta ella.

Adelaide sonrió con sinceridad, intentando dejar atrás la tristeza de la noche anterior.

—Buenos días, amor.

Marco apenas volvió el rostro hacia ella.

—Buenos días.

Se acercó sin detener demasiado el paso y dejó un beso fugaz sobre su mejilla. Fue un roce frío y rápido, tan breve que desapareció antes de que Adelaide pudiera cerrar los ojos para disfrutarlo.

Ella permaneció inmóvil durante unos segundos.

En realidad esperaba que él la besara en los labios, como antes. Extrañaba aquellos gestos espontáneos que alguna vez habían formado parte de su rutina; esos besos que no necesitaban una fecha especial ni un motivo para existir. Extrañaba sentirse elegida, sentir que todavía era importante para él.

Pero Marco ya estaba ocupando su lugar en la mesa, revisando mentalmente su agenda como si el día hubiera comenzado mucho antes de entrar al comedor.

Adelaide apartó la tristeza y se acercó para servirle el desayuno.

—Preparé tus waffles favoritos.

Él observó el plato apenas un instante antes de responder.

—Gracias.

Tomó la taza de café, bebió un sorbo y consultó la hora en su reloj.

—Tengo una reunión importante. Llegaré tarde esta noche.

Adelaide sintió un pequeño vacío instalarse en su pecho, aunque intentó que su expresión no lo demostrara.

—¿No vas a desayunar?

Marco volvió a beber café con tranquilidad.

—No tengo tiempo.

Dejó la taza sobre la mesa, tomó las llaves del automóvil y se dirigió hacia la puerta.

—Dile al personal que no me espere para cenar.

—Marco... —lo llamó con suavidad.

Él se volvió apenas lo suficiente para mirarla.

—¿Sí?

Adelaide quiso pedirle que se quedara cinco minutos más. Quiso decirle que había preparado aquel desayuno con toda la ilusión del mundo y que solo deseaba compartir la mesa con él antes de que comenzara el día. Incluso estuvo a punto de acercarse para darle el beso que se había quedado esperando.

Pero las palabras nunca salieron.

Como tantas otras veces, guardó lo que sentía y eligió sonreír.

—Que tengas un buen día.

Marco respondió con un leve movimiento de cabeza antes de salir de la casa.

Unos segundos después, el sonido del motor rompió el silencio de la mañana. Adelaide permaneció de pie frente a la mesa, observando el lugar vacío que él había dejado. Los waffles seguían calientes. La miel resbalaba lentamente por los bordes, intacta. La taza de café conservaba la marca del único sorbo que Marco había tomado antes de marcharse.

Ella bajó la mirada y dejó escapar un suspiro.

Había puesto cariño en cada detalle con la esperanza de recibir unos minutos de compañía, una conversación sencilla, una muestra de afecto que le recordara que todavía existía algo de aquel amor que habían prometido proteger.

Al final, solo le quedó contemplar un desayuno preparado para dos... que terminaría disfrutando en completa soledad.

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