Mundo ficciónIniciar sesiónEl resto de la mañana transcurrió con una calma que solo existía en apariencia. Adelaide intentó distraerse ordenando algunos documentos de la fundación benéfica donde colaboraba como voluntaria, pero su mente regresaba una y otra vez al desayuno que Marco había dejado intacto. No era algo nuevo, pero aquella mañana el vacío había sido más difícil de ignorar. Sentía que cada pequeño gesto de indiferencia se acumulaba lentamente dentro de ella, formando una herida que ya no podía ocultar con una sonrisa. Al llegar el mediodía decidió llamar a la única persona con la que podía hablar sin sentirse juzgada: Emma, su mejor amiga. Quedaron de verse en una pequeña cafetería del centro de Florencia, un lugar acogedor donde solían reunirse mucho antes de que Adelaide se casara. Apenas Emma la vio entrar, comprendió que algo no estaba bien. Detrás de aquella sonrisa amable había un cansancio imposible de esconder.
—¿Qué pasó? —preguntó con preocupación mientras tomaba su mano por encima de la mesa. Adelaide intentó restarle importancia con una sonrisa débil, aunque sus ojos revelaban mucho más de lo que sus palabras querían admitir. —Nada... Solo necesitaba hablar con alguien. Pidieron dos cafés y, durante varios minutos, Adelaide le contó todo lo ocurrido en la cena familiar: los comentarios hirientes de Antonia, el silencio de Marco y la noche anterior, cuando él había preferido fingir que dormía antes que escucharla. Emma permaneció en silencio durante todo el relato, sin interrumpirla ni una sola vez. Sabía que su amiga no necesitaba consejos apresurados, sino alguien que simplemente estuviera ahí para escucharla. Cuando Adelaide terminó de hablar, tenía los ojos húmedos y la voz quebrada. —¿Crees que dejó de quererme? —preguntó casi en un susurro. Emma negó de inmediato, apretando suavemente su mano. —No pienses eso. Adelaide bajó la mirada hacia la taza de café, observando cómo el vapor desaparecía lentamente. —Entonces... ¿qué está pasando? Su amiga guardó silencio durante unos instantes antes de responder con calma. —Los matrimonios pasan por momentos difíciles. Quizá Marco está atravesando una crisis por el trabajo o por toda la presión que tiene encima. Los hombres muchas veces se encierran en sí mismos y terminan alejando a las personas que más aman sin darse cuenta. Adelaide permaneció callada, intentando aferrarse a aquellas palabras. —¿Tú crees? Emma le sonrió con ternura. —Sí. No tires la toalla tan rápido. Llevan dos años de casados. Puede ser solo una crisis. Hablen, busquen tiempo para ustedes. Estoy segura de que esto pasará. Aquellas palabras fueron suficientes para devolverle un poco de esperanza. Adelaide sonrió con sinceridad después de varios días sintiendo que todo se derrumbaba. Quizá Emma tenía razón. Quizá aquello era solo una etapa difícil. Quizá el hombre del que se había enamorado seguía ahí, oculto entre el estrés, las responsabilidades y la presión de su vida. Salió de la cafetería con el corazón un poco más ligero. De camino a la mansión pasó por un mercado y compró los ingredientes favoritos de Marco. Quería sorprenderlo con una cena preparada por ella misma, como en los primeros meses de matrimonio, cuando ambos reían mientras cocinaban juntos y terminaban compartiendo un postre en el jardín. Pasó gran parte de la tarde en la cocina preparando pasta fresca, una delicada salsa de trufas y pan recién horneado con hierbas aromáticas. También abrió una botella del vino que Marco reservaba para las ocasiones especiales. Después colocó flores frescas en el centro de la mesa, encendió varias velas y, antes de que él llegara, subió a cambiarse. Eligió un vestido color vino que Marco le había regalado durante la luna de miel. Al verse frente al espejo, sonrió con ilusión. Aquella noche sería diferente. Estaba convencida de que aún podían recuperar lo que habían perdido. El sonido de un automóvil entrando en la propiedad hizo que su corazón diera un pequeño salto. Bajó casi corriendo hasta el recibidor justo cuando Marco cruzaba la puerta principal. Él aflojó el nudo de la corbata, dejó el maletín sobre un mueble y respiró profundamente. Su rostro reflejaba el agotamiento de una larga jornada de trabajo. Adelaide se acercó con una sonrisa llena de ilusión, intentando no pensar en las últimas decepciones. —Bienvenido a casa, amor mío. Marco respondió apenas con un leve asentimiento mientras se quitaba el abrigo. —Fue un día pesado. Ella tomó su saco con delicadeza, buscando cualquier señal de cercanía en él. —No te preocupes. Preparé una cena especial. Pensé que podríamos comer juntos. Marco la miró durante unos segundos antes de responder con absoluta naturalidad. —No era necesario. Adelaide parpadeó, desconcertada. —¿Por qué? Él tomó aire mientras comenzaba a subir las escaleras. —Porque ya cené. Aquellas palabras la dejaron inmóvil. —¿Cómo...? Marco respondió sin detenerse. —Tuve una reunión con unos clientes. Después de cerrar el acuerdo fuimos a un restaurante. Adelaide sintió que toda la ilusión con la que había pasado la tarde desaparecía lentamente. —Si me hubieras avisado... Marco se encogió ligeramente de hombros. —Fue algo de último momento. Se inclinó para dejar un beso distraído sobre su mejilla. —Me voy a descansar. Estoy agotado. Sin esperar respuesta, continuó su camino hacia el segundo piso, sin notar la expresión de su esposa. Adelaide permaneció inmóvil en el recibidor durante varios segundos, con la sensación de que acababan de apagar una luz dentro de ella. Después caminó lentamente hasta el comedor. Las velas seguían encendidas. La mesa estaba perfectamente servida para dos. La comida aún desprendía un aroma delicioso. Todo había sido preparado con la esperanza de recuperar un poco de la complicidad que alguna vez compartieron. Con un movimiento lento apagó una vela. Luego otra. Después la última. La habitación quedó envuelta en silencio, igual que su corazón, mientras comprendía que una vez más volvería a cenar sola. Permaneció sentada frente a la mesa durante largo rato, contemplando la cena que había preparado con tanto cariño. La pasta, que horas antes desprendía un aroma irresistible, comenzaba a enfriarse. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Tomó el tenedor con la intención de probar un bocado, pero el nudo que tenía en la garganta se lo impidió. Volvió a dejar los cubiertos sobre el plato y cubrió su rostro con ambas manos. Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra. No lloraba únicamente por aquella cena desperdiciada. Lloraba por los besos que habían desaparecido, por las conversaciones que ya no existían y por las miradas que Marco había dejado de dedicarle. Le dolía aceptar que el hombre del que se había enamorado ya no era el mismo. Recordaba cuando él encontraba cualquier excusa para regresar temprano a casa, cuando insistía en cocinar con ella o cuando la abrazaba por la espalda mientras preparaba el desayuno. En aquella época, Marco no necesitaba motivos para demostrarle cuánto la amaba. Ahora, en cambio, parecía encontrar cualquier excusa para mantenerse lejos. Con manos temblorosas tomó la copa de vino que había servido para ambos. Bebió un sorbo. Luego otro. El vino no consiguió borrar la tristeza, pero logró adormecer durante unos instantes el dolor que llevaba dentro. Finalmente se puso de pie, recogió lentamente la mesa y apagó la luz. Después subió las escaleras con la copa todavía entre las manos. Al abrir la puerta del dormitorio encontró a Marco profundamente dormido. Había dejado el saco y la corbata sobre una silla, y descansaba sin camisa, completamente ajeno a todo lo que ella había sentido durante la noche. Adelaide dejó la copa sobre el buró y se acercó despacio. Lo observó durante unos segundos. A pesar de todo, seguía pareciéndole el hombre más atractivo del mundo. Se sentó a su lado y, con infinita delicadeza, deslizó la yema de sus dedos por su brazo, recorriendo lentamente su piel como quien intenta aferrarse a un amor que se escapa entre las manos. —Marco... —susurró con ternura. Él abrió los ojos apenas un poco, todavía adormilado. —¿Qué sucede? Adelaide esbozó una sonrisa tímida antes de hablar. —Hoy... estoy ovulando. El médico dijo que estos días son los mejores si queremos intentar tener un bebé. Su voz estaba cargada de ilusión. No hablaba únicamente del deseo de convertirse en madre; en el fondo también soñaba con que ese hijo pudiera devolverles la felicidad que sentía desvanecerse entre los dos. Marco permaneció unos segundos en silencio. Finalmente dejó escapar un suspiro cansado. —Esta noche no, Adelaide. Ella sintió que el corazón le daba un vuelco. —Podría ser solo un momento... Marco negó con la cabeza mientras volvía a acomodarse sobre la almohada. —No tengo ganas. Su tono no fue agresivo. Fue peor. Sonó completamente indiferente. —Estoy muy cansado y mañana debo levantarme temprano. Hablaremos otro día. Se giró dándole la espalda y, pocos segundos después, volvió a cerrar los ojos. Adelaide permaneció inmóvil. Las palabras del médico, la cena, la ilusión que había construido durante todo el día... todo se derrumbó en un solo instante. Bajó lentamente la mano con la que todavía acariciaba el brazo de su esposo y volvió a recostarse en su lado de la cama. Permaneció mirando el techo con los ojos llenos de lágrimas, procurando no hacer el menor ruido. No quería despertarlo. No quería molestarlo. No quería darle un motivo más para pensar que era una mujer demasiado sensible. Así que, una vez más, guardó el dolor donde llevaba meses escondiéndolo: en el silencio de su propio corazón.






