Adelaide continuó mirando hacia la ventana. Marco se quedó observándola, desconcertado. Durante años había conocido cada una de sus expresiones, cada uno de sus silencios, cada gesto que anunciaba una tristeza o una alegría. Pero aquella mujer parecía diferente. No lloraba por la pérdida de su hijo. No reclamaba. No buscaba una explicación. Tampoco parecía necesitar que él entendiera su dolor. Y eso fue lo que realmente asustó a Marco.
—Necesito hablar con un médico —dijo finalmente, levantán