Sofía se agachó para recoger los tallos esparcidos por el suelo, mientras Adelaide seguía de pie a unos pasos, con los brazos pegados al cuerpo y con la mirada fija en los restos del florero. No parecía arrepentida de haberlo roto. Cada fragmento de cristal le recordaba que lo roto no se podía pegar y se arreglara todo fácilmente. Sofía levantó la vista hacia ella y sintió una profunda tristeza al comprender que aquella reacción no nacía únicamente de la rabia, sino de un dolor demasiado recien