Finalmente, los últimos muebles de Sofía fueron sacados del edificio y quedaron amontonados junto a la acera, dentro de cajas y bolsas que apenas alcanzaban a proteger sus pertenencias del frío. La puerta del departamento se cerró detrás de ellas y, por unos segundos, ninguna de las dos supo qué hacer. Mateo se aferró al cuello de Adelaide mientras ella lo sostenía contra su pecho, intentando protegerlo del aire helado que les golpeaba el rostro. Sofía, en cambio, parecía extrañamente tranquila