Adelaide regresó al departamento con la cabeza gacha y las manos vacías. El camino de vuelta se le hizo interminable; llevaba los ojos húmedos, la garganta cerrada y una sensación de derrota que le pesaba más que el cansancio. Cuando abrió la puerta, encontró a Sofía sentada junto a Mateo, esperando escuchar que al menos una cosa había salido bien. El pequeño levantó la mirada hacia ella, pero Adelaide apenas consiguió regalarle una sonrisa antes de bajar los ojos. Sofía observó sus manos, lueg