A la mañana siguiente, el sol entraba por los enormes ventanales de la mansión Prieto, iluminando una habitación donde nunca faltaba nada. Sobre la mesa descansaba un desayuno preparado con esmero y el personal de servicio continuaba cumpliendo su rutina como si el mundo siguiera exactamente igual. Pero para Marco ya nada era igual. Permanecía sentado al borde de la cama, con la mirada perdida y el rostro marcado por el cansancio. La abundancia que lo rodeaba le resultaba indiferente. Mientras