Horas después, la espera se había convertido en una tortura. El pasillo permanecía casi en silencio, interrumpido únicamente por el sonido de alguna puerta al abrirse o por los pasos apresurados del personal médico. Lorenzo seguía sentado junto a Sofía, con los codos apoyados sobre las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Marco permanecía cerca, acompañado por Antonia y Renato, mientras ninguno se atrevía a hablar demasiado. El tiempo parecía avanzar con una lentitud desesperante, hasta qu