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La grieta en el silencio

La habitación quedó sumida en un silencio doloroso. Adelaide permaneció inmóvil durante varios minutos, con la mirada perdida en el techo mientras intentaba contener la angustia que le apretaba el pecho. A su lado, Marco dormía profundamente, ajeno a la tormenta silenciosa que ocurría a pocos centímetros de él. Ella observaba el rostro de su esposo, buscando en algún rincón de aquel hombre al que amaba una señal de cariño, una muestra de que todavía existía algo entre ellos que pudiera salvarse. Pero solo encontró distancia. No era una situación nueva; durante meses había terminado muchas noches sintiéndose rechazada, ignorada y completamente sola dentro de su propio matrimonio. Sin embargo, aquella madrugada el dolor parecía más pesado, como si cada decepción acumulada hubiera decidido quedarse a vivir dentro de ella.

Con movimientos lentos, Adelaide abrió el cajón de la mesa de noche y sacó el pequeño frasco de pastillas que el médico le había recetado meses atrás, cuando el estrés comenzó a robarle el sueño. Apenas las tomaba. Siempre intentaba convencerse de que no las necesitaba, de que la noche siguiente sería diferente, de que volvería a encontrar la tranquilidad que antes sentía al quedarse dormida entre los brazos de Marco. Pero esa esperanza llevaba demasiado tiempo alejándose de ella. Sacó una tableta, bebió un poco de agua y volvió a recostarse, abrazándose a sí misma bajo las sábanas.

—Mañana será un día mejor —susurró apenas, como si necesitara escuchar su propia voz para creerlo.

Poco a poco, el medicamento comenzó a hacer efecto y la llevó hacia un sueño profundo, uno que su cuerpo agotado llevaba semanas reclamando. No escuchó cuando Marco despertó al amanecer. No sintió el leve movimiento del colchón cuando él se levantó para prepararse e ir a la empresa, ni el sonido de la puerta al cerrarse después de que abandonara la habitación. Su cuerpo, cansado de tantas noches de insomnio y tristeza, finalmente se rindió por completo.

Cuando volvió a abrir los ojos, una voz conocida atravesó la habitación como un golpe inesperado.

—¡Qué vergüenza!

Adelaide abrió los párpados con dificultad. Sentía la cabeza pesada, como si apenas pudiera sostenerla, mientras una sensación de mareo le nublaba los sentidos. La luz que entraba por la ventana le obligó a entrecerrar los ojos varias veces hasta que logró distinguir la figura de Antonia Prieto de pie junto a la puerta. Su suegra permanecía con los brazos cruzados, observándola con una expresión cargada de decepción y desprecio.

—¿Y así pretendes sacar adelante este matrimonio? —preguntó Antonia con frialdad, caminando lentamente hacia la habitación—. Mi hijo sale temprano todos los días, trabaja sin descanso para mantener esta casa y tú permaneces aquí durmiendo como si no tuvieras ninguna responsabilidad.

Adelaide intentó incorporarse, pero todavía sentía el efecto de la pastilla recorriendo su cuerpo. Giró la cabeza hacia el reloj sobre la mesa de noche y su corazón dio un pequeño vuelco al comprobar la hora. Eran casi las doce del mediodía.

—Lo... lo siento —murmuró mientras lograba sentarse en la cama—. No pensé que fuera tan tarde.

Antonia soltó una pequeña risa cargada de desprecio.

—Claro que no lo pensaste. ¿Qué preocupaciones podrías tener tú? No trabajas en la empresa, no cargas con el peso de esta familia y, para empeorar las cosas, ni siquiera has podido darle un hijo a Marco.

Cada palabra cayó sobre Adelaide como una herida. Bajó la mirada intentando encontrar la fuerza para responder, pero la presencia de Antonia siempre lograba hacerla sentir pequeña.

—Yo...

—¿Sabes cómo te llaman algunas esposas de los socios de mi hijo? —la interrumpió Antonia mientras la observaba fijamente.

Adelaide negó lentamente con la cabeza.

Una sonrisa cruel apareció en los labios de su suegra.

—La arribista.

El silencio que siguió pareció hacerse más pesado que antes. Adelaide sintió cómo sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas, pero luchó por no dejarlas caer.

—Dicen que te casaste con Marco por su dinero —continuó Antonia sin ninguna compasión—. Y viendo la forma en la que vives, cada día me resulta más difícil demostrarles que están equivocadas.

—Eso no es cierto... —susurró Adelaide con la voz quebrada.

Antonia la miró con indiferencia.

—¿No? Entonces demuéstralo. Porque hasta ahora solo veo a una mujer incapaz de sostener un hogar, incapaz de darle un heredero a mi hijo y demasiado cómoda viviendo del esfuerzo de los demás.

Adelaide apretó las manos sobre las sábanas. Quería defenderse. Quería decirle que había amado a Marco mucho antes de conocer la fortuna que llevaba su apellido, que nunca buscó sus lujos ni su posición social, que habría cambiado cualquier riqueza por volver a sentirse amada por su esposo. Pero las palabras quedaron atrapadas en su garganta. El miedo, la tristeza y los años intentando ganarse la aprobación de aquella mujer volvieron a silenciarla.

Y Antonia, al verla callar una vez más, creyó haber encontrado la confirmación de todos sus prejuicios.

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Antonia abandonó la mansión con la misma expresión de desaprobación con la que había entrado en la habitación de Adelaide. Ni siquiera se molestó en despedirse. Para ella, aquella mujer seguía siendo un error que su hijo se negaba a aceptar. Subió al automóvil y ordenó al chofer dirigirse a la sede principal de Prieto Group, un imponente edificio de cristal ubicado en el centro financiero de Florencia. Durante todo el trayecto repasó una y otra vez lo ocurrido aquella mañana, convencida de que estaba haciendo lo correcto.

«Durmiendo hasta casi el mediodía...», pensó con indignación mientras observaba la ciudad a través de la ventanilla. «¿Qué clase de esposa hace algo así?».

Para Antonia, Adelaide no solo había fallado como nuera. También había fallado como mujer. Después de dos años de matrimonio seguía sin darle un heredero a Marco y, desde su perspectiva, tampoco había conseguido hacerlo feliz.

---

Media hora después, Antonia atravesó las puertas de Prieto Group. Los empleados la saludaron con respeto mientras caminaba con seguridad hacia la oficina principal. Tocó una sola vez antes de entrar, sin esperar respuesta.

Marco permanecía detrás de su amplio escritorio revisando documentos en su computadora. Varias carpetas estaban abiertas frente a él y acababa de terminar una videoconferencia cuando escuchó la puerta.

Levantó la mirada.

—Mamá.

—¿Estás ocupado? —preguntó Antonia mientras tomaba asiento frente a él.

Marco soltó una pequeña exhalación cansada.

—Siempre.

Ella permaneció unos segundos en silencio, observándolo. Conocía demasiado bien a su madre y sabía que no había ido hasta allí para conversar sobre asuntos familiares sin importancia.

Finalmente, Antonia cruzó las piernas y habló con absoluta seguridad.

—¿No has considerado divorciarte de esa inútil que tienes por esposa?

Los dedos de Marco se detuvieron sobre el teclado. Levantó lentamente la mirada hacia ella.

—Mamá... por favor, no empieces.

—¿No empiece? —repitió Antonia con incredulidad—. Después de verla durmiendo hasta casi el mediodía mientras tú trabajas desde temprano, ¿todavía esperas que me quede callada?

Marco apoyó la espalda contra el sillón y suspiró.

—No sé qué ocurrió esta mañana.

—Yo sí lo sé. Es una mujer cómoda, Marco. Vive rodeada de lujos que no consiguió por sí misma y ni siquiera cumple con la responsabilidad más importante dentro de este matrimonio.

Marco permaneció en silencio.

Antonia aprovechó la oportunidad para continuar.

—Mírate, hijo. Trabajas día y noche para mantener el apellido Prieto en lo más alto y cuando vuelves a casa encuentras a una mujer que solo sabe llorar, quejarse y hacerse la víctima.

Marco se llevó una mano al rostro, agotado.

—No quiero hablar de mi matrimonio mientras estoy en la empresa.

—Precisamente porque nunca quieres hablar de él es que las cosas siguen igual.

Antonia se inclinó hacia adelante.

—Todavía eres joven. Puedes rehacer tu vida con alguien que esté a tu altura. Una mujer que represente este apellido como corresponde y que pueda darte los hijos que tanto deseas.

Marco volvió a guardar silencio. No estaba de acuerdo con la crueldad con la que su madre hablaba de Adelaide. Sabía que muchas de sus palabras eran injustas. Pero también era consciente de que su matrimonio llevaba meses convertido en una cadena de silencios, discusiones y heridas que ninguno de los dos parecía saber cómo cerrar.

Antonia interpretó aquel silencio como una señal de aceptación. Se levantó y rodeó el escritorio hasta colocarse junto a él. Con un gesto casi maternal acomodó el saco de su hijo.

—Piénsalo, Marco. A veces aferrarse a la persona equivocada solo retrasa la llegada de la correcta.

Sin esperar respuesta, salió de la oficina.

Marco permaneció inmóvil, con la mirada fija en la pantalla de la computadora aunque hacía varios minutos que había dejado de leer los informes. Las palabras de su madre seguían repitiéndose en su cabeza. Cerró lentamente la laptop y se dejó caer contra el respaldo del sillón. Durante mucho tiempo había intentado convencerse de que su matrimonio solo atravesaba una etapa difícil, que las heridas podían sanar y que algún día volverían a encontrarse.

Pero la realidad era mucho más dolorosa.

Cada conversación terminaba en distancia. Cada intento de acercamiento acababa en una nueva discusión. Y el amor que alguna vez los había unido parecía perder fuerza entre tantos reproches y silencios.

Marco cerró los ojos durante unos segundos y apretó la mandíbula.

Entonces apareció un pensamiento que durante meses se había negado a aceptar.

El divorcio.

Una palabra que antes le parecía imposible comenzaba lentamente a convertirse en una posibilidad.

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