Marco entró en la habitación con el rostro sereno, como si aquella mañana hubiera transcurrido con absoluta normalidad. Había dejado la rabia escondida detrás de una expresión tranquila que cualquiera habría dado por auténtica. Sin embargo, Antonia conocía demasiado bien a su hijo. Bastó verlo cruzar la puerta para notar que algo no estaba en su lugar. Había una tensión apenas perceptible en su mandíbula y una dureza inusual en su mirada, pequeños detalles que para los demás pasaban inadvertido