Mientras tanto, como tantas otras veces, Marco detuvo el coche frente al edificio donde todavía creía que vivían Adelaide y Sofía. Durante semanas había repetido aquella rutina, observando desde el vehículo la ventana que imaginaba perteneciente a su esposa, esperando encontrar alguna señal que le permitiera saber cómo estaba. Pero aquella mañana algo había cambiado. Llevaba un enorme ramo de rosas rojas sobre el asiento del acompañante y, después de tantas dudas, finalmente se sentía preparado