El sol descendía lentamente tras las ventanas de piso a techo, proyectando un resplandor ámbar sobre el suelo de mármol. El horizonte brillaba a lo lejos, pero dentro del ático, el aire era denso, tenso, cargado de un silencio que parecía a punto de quebrarse en cualquier momento.
Kingsley estaba sentado en el borde del sofá de cuero, con los codos apoyados en las rodillas, mirando fijamente el vaso de agua intacto sobre la mesa de centro. Escuchó el sonido del ascensor.
No levantó la mirada.
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