El sonido de los tacones de Beth resonó débilmente contra la madera del pasillo, luego subiendo por las escaleras. Y después… nada.
Ni siquiera silencio. Solo ausencia.
Kingsley se quedó allí, varios segundos largos, inmóvil en la quietud de la sala. Sus brazos colgaban a los lados, flojos, entumecidos, la carpeta con la verdad aún sobre la mesa entre ellos como algo muerto que ninguno de los dos quería enterrar.
No recordaba haber caminado hasta su estudio; sus pies lo llevaron solos, como si