La sala de juntas vibraba con tensión.
Kingsley estaba de pie en la cabecera de la larga mesa pulida, veinte rostros mirándolo — algunos escépticos, otros enojados, otros calculadores.
Kingsley se sentó en la cabecera de la larga mesa de caoba, con los dedos entrelazados bajo el mentón, sus agudos ojos azules recorriendo los rostros de los miembros del consejo.
A su izquierda, Michael Rowe —su padre— estaba sentado con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. A su derecha, Anna Rowe lo observa