Kingsley estaba sentado en su oficina, con los codos apoyados sobre el escritorio, los ojos moviéndose entre hojas de cálculo y correos sin leer. Lo estaba intentando, de verdad intentando concentrarse, pero su mente no dejaba de divagar. El silencio en la habitación se sentía más pesado de lo normal. No era el tipo de silencio que trae paz. Era el tipo que resuena con tensión.
Un leve zumbido salió del intercomunicador.
—Señor —dijo la voz de su oficial de seguridad—, su secretaria viene de ca