A la mañana siguiente llegó con la luz del sol entrando a raudales por las ventanas del ático, pero Kingsley no sentía su calidez.
Se sentó al borde de la cama, ya vestido con el traje azul marino que Beth había elegido. Tenía las manos entrelazadas flojamente entre las rodillas, la cabeza ligeramente inclinada. Beth, con un elegante vestido blanco y tacones que resonaban contra el suelo a cada paso, revisaba su reflejo por tercera vez.
—Probablemente te llamen hacia el final —dijo Kingsley en