El sol se filtraba a través de los altos ventanales de la elegante oficina de paredes de vidrio, proyectando suaves franjas de luz sobre el suelo pulido. Kingsley estaba sentado tras su escritorio, la corbata floja, la mirada clavada en una página en blanco frente a él. En realidad, no había trabajado en todo el día. Su mente giraba en torno a la misma pregunta, como un halcón en círculos: ¿De verdad estaba embarazada? Y si era así… ¿dónde está el niño?
Un golpe en la puerta.
Levantó la vista.