Las ventanas de piso a techo de la oficina de Kingsley daban a la gris y acristalada extensión de la ciudad, mientras una ligera llovizna dibujaba delicados ríos por los cristales. Era el final de la tarde y, aunque su pantalla mostraba las proyecciones trimestrales que se suponía debía estar revisando, su mente no estaba en los números. Hoy no.
Pilas de archivos yacían cerradas junto a su teclado, el mismo informe por el que había navegado tres veces seguía sin leer y el expreso de su taza se