Meivi no se movió del lugar cuando la puerta se cerró tras su padre. El silencio volvió, pero esta vez no tenía nada de calmante. Era un silencio cargado, denso, como si cada rincón de la casa hubiera absorbido la tensión que él había dejado atrás.
Comenzó a caminar por la sala sin rumbo fijo, pasando una mano por su cabello, intentando ordenar lo que sentía, aunque en realidad solo lograba darle más vueltas. Le irritaba. Le irritaba profundamente que su padre siguiera encontrando la manera de