Meivi cerró la puerta de su habitación con más cuidado del que realmente sentía. No estaba tranquila, ni mucho menos, pero tampoco quería darle el gusto de parecer alterada por lo que acababa de pasar. Caminó hasta la cama y se dejó caer sentada, soltando el aire con pesadez mientras se llevaba una mano al rostro.
Dios… ¿por qué es tan irritante?, pensó, apretando los labios con frustración. Si alguien tenía derecho a estar molesta era ella, no él. Era absurdo que terminara sintiéndose atacada