Capítulo CXXXIV
Camila
Despierto desorientada.
El techo blanco es lo primero que veo y, en cuanto respiro, el olor a desinfectante me golpea fuerte en la nariz. Me revuelve el estómago. Estoy sola… o al menos eso creo, porque mi cabeza da vueltas y el mareo me obliga a cerrar los ojos un segundo antes de volver a abrirlos.
Parpadeo varias veces hasta que mi vista enfoca y entonces lo noto: no estoy sola.
A un lado de la cama está el amigo de Max, sentado en una silla, con el ceño fruncido como si llevara horas vigilando que siga respirando.
—¿Qué pasó? —pregunto con la voz ronca, apenas consciente de mis palabras.
No alcanzo a procesar la respuesta porque, de pronto, Max aparece justo a mi lado. No sé en qué momento llegó; no lo sentí hasta que escucho su voz.
—Te desmayaste, mi amor —susurra, y su voz tiembla tan poquito que casi no se nota, pero yo sí lo siento—. Nos asustaste.
Su mirada está cargada de preocupación, de esa mezcla de miedo e impotencia que solo he visto en él cuando